(per a llegir mentre s’escolta el Lullaby, dels The cure, dins l’àlbum Disintegration: http://www.youtube.com/watch?v=waia83h6Y2k

Si por la noche no podía dormir, recordaba lo que mi padre solía decirme: “no temas nada: dos brazos enormes de metal te protegen, cuidan de ti.”

No entendía aquella frase pero me gustaba saber que aquel hombre la repetía con seguridad una y otra vez, hasta que me tranquilizaba, hasta que lograba calmar a su hijo, a mí. “Unos brazos enoooormes…”, decía, “te protegerán. Aunque ni yo ni mamá estemos, lo harán…”.

Una noche decidí no dormir. No iba a dormir hasta que viese los brazos. No iba a dormir hasta entender aquellas palabras. No iba dormir, prefería morir antes que no comprender el porqué de esa frase. De esa canción.Y fui al cuarto de baño. El lugar donde mamá guardaba sus caramelos. Del armario extraje un estuche de color canela que contenía las capsulas-caramelo de mamá. “De color rojo”, pensé. “El rojo da miedo, es como una advertencia, pero quiero ver los brazos enormes de metal que me protegen. No voy a dormir. Mamá se enfadará cuando sepa que sus golosinas para no dormir han desaparecido, pero quiero ver los brazos. Tengo derecho. Si me protegen quiero verlos. Porque si no es verdad que existen, entonces papá será un mentiroso.” Y si eso hubiese sido cierto, lo hubiese castigado duro con mis lágrimas de niño malcriado.

Abrí el estuche y me metí en la boca un par de pastillas-caramelo rojas. Levanté la cara y me miré al espejo. Las mastiqué. Sabían muy mal.  Pero me daba igual: esa noche vería los brazos. Y volví a la cama. Y con un miedo horrible en el cuerpo, como cada noche, y esta vez sin papá, que estaba de viaje, encaré mi desvelo. Me repetía una y otra vez que los brazos me protegían, que no debía tener miedo. El radio despertador y sus números digitales verdes iluminaban la habitación. Cada vez más miedo. Hacia las once empezó el pánico. Lloraba desconsolado. Los brazos no aparecían, y en cambio miles y miles de hormigas soldado empezaron a salir de debajo de la cama. Se comían todo lo que encontraban a su paso, y transportaban unas hojas amarillas llenas de un líquido verde hacia un rincón de la habitación. Allí se apareaban y surgían, de cada hormiga, cien mil más. La habitación se hacía pequeña, y las hormigas no dejaban de aparecer. “¿Será que papá miente?”, pensé… Sufrí tanto… que no quiero seguir recordando. Lo que pasó esa noche me convirtió en otra cosa. “¿Será que papá miente?”, no dejaba de preguntarme…

Nunca lo supe. Y esa noche dejé de tener madre y la siguiente, de tener padre. Jamás tuve ni padre ni madre: los padres no mienten; y los brazos jamás aparecieron. Y esa noche… esa noche dejé de ser niño para convertirme en odio.