(per a llegir escoltant els Universos infinitos, del disc Cuentos chinos para niños del Japón, dels Love of lesbian: http://www.youtube.com/watch?v=2jhlDAarXxM) 

“En la crueldad está el origen primero de los cuentos” 

Alto era un niño brillante, inteligente. Era bajito pero con buen corazón. Bajo, en cambio, era antipático y poco brillante. Más bien estúpido. Pero era alto, y con buen corazón. 

Ambos nacieron el mismo día, y ambos salieron de madres distintas. Uno, Alto, era del barrio de la Gonorrea. El otro, Bajo, nació en el del Sarampión. Y no soplaban buenos tiempos para aquellos barrios.

Un día se conocieron. Alto y Bajo se miraron, y supieron que debían hablarse. Era el primer día que sus madres les dejaban solos en el parque. Se sonrieron. Y Alto, el más bajo de todos los niños aquella tarde y el más atrevido, le dijo a Bajo, que sobresalía entre todos por su altura: “¿quieres jugar o quieres conocerme?”.  

Bajo, que no era muy listo, no sabía que responder… Así que le dijo a Alto: “¿Tú que prefieres?”.

Alto lo pensó y tras fijar su atención en él durante unos segundos, contestó:“Hay una forma de hacer las dos cosas. Si juegas conmigo me conocerás”. 

Bajo creyó que aquel  niño le tomaba el pelo. Sí, ya sabía que no era muy listo, pero aquello no era posible. ¿Dos cosas a la vez? O una o la otra… Buscó en la mirada de Alto y encontró una sonrisa maliciosa. Estaba jugando con él. Y no le gustaba que jugasen con él.

“Vale. ¿En qué consiste tu juego?”, comentó Bajo a Alto. “Juguemos a describirnos… ¡es muy divertido! Y así nos conoceremos”, le explicó Alto a Bajo. Tenía sentido, mucho sentido. A un idiota como él jamás se le habría ocurrido… De todos modos, en la cabeza de Bajo resonaban las palabras de su madre: “cuidado con las personas, sean pequeñas o sean adultas: pueden ser malas, pueden tener mal corazón”. Pensando en aquello Bajo, que era tonto, le dijo a Alto: “Me gustaría jugar a eso, pero sólo si empiezas tú a describirte. Y lo primero que quiero saber es si tienes buen corazón”. 

Alto sonrió y contestó que sí, que lo tenía. “Y si no me crees, pregúntaselo al narrador de este cuento. Él me ha creado y lo sabrá mejor que yo”. Así que tras la pregunta de Bajo y mi respuesta afirmativa, el muy tonto se quedó más tranquilo.

Vale”, dijo Bajo, sigue describiéndote.

 

 

Y empezaron a jugar. Las risas se sucedían, y Bajo era feliz. Nunca se había relacionado con nadie, siempre se reían de él. Y como tenía buen corazón, cuando le preguntaban quién lo había hecho, quién se había reído, nunca delataba a nadie. Se callaba, sin más. Y eso le costó más de un disgusto, sobre todo cuando los demás le utilizaban para hacer cosas que él nunca habría hecho…

Y además, confiaba en Alto. Él no había exigido ninguna pregunta a nadie. Se fió de él desde el primer momento. No necesitó su palabra, ni la del narrador (la mía), y eso le dio confianza. 

Los días se sucedieron, y los encuentros también. Y siguieron con su juego, hasta que se conocieron mucho. Bajo estaba contento. Alto sonreía. Hasta que un día, Alto se acercó a Bajo y le susurró al oído:Hoy no vamos a jugar a describirnos”.  

Bajo, sorprendido, le preguntó el porqué, a lo que Alto le contestó: “prefiero jugar a decir la verdad. ¿No te gusta saber la verdad?”.

Como era tonto, y como tenía buen corazón, Bajo no entendió sus palabras, pero tampoco detectó malicia en ellas… Aunque sí vio cierta malicia en la sonrisa de Alto. De todos modos, nada podía ir mal. Alto y él se habían estado conociendo. “Ya no somos desconocidos” le hubiera dicho a mamá… Y además, sabía, por el narrador, por mí, que Alto tenía un buen corazón… Así que le dijo a Alto que no le parecía mal jugar a “las verdades”.

Lo que ocurrió entonces fue terrible: Alto empezó a reírse, cada vez con más fuerza. Los niños de su alrededor también. Se reían de Bajo. Le insultaban. Bajo no entendía. Alto le gritaba “Muérete, Bajo. Cae y muérete”. Era la primera vez que Bajo confiaba en alguien, por lo que todo aquello era demasiado para él. Cayó al suelo apretándose el pecho. Alto se le acercó entre el griterío cruel de aquel parque al mediodía y le dijo a Bajo: 

“Sí, idiota. Tengo un buen corazón. Duro de roer. No moriré jamás por ello. Y el narrador lo sabe. Y yo lo sé, porque me hizo listo. Tú, en cambio, tienes un buen corazón, pero frágil, y morirás por ello. Y como eres idiota, nunca te diste cuenta.”

Bajo me miró de reojo. Nunca olvidaré su mirada. Entonces, antes de expirar, le preguntó a Alto: “¿Por qué lo has hecho? Nunca te hice ningún daño…”, a lo que yo le contesté:

“Bajo, Alto te ha matado porque no puede matarme a mí. Odia llamarse Alto y ser el más bajo, y ése es su problema. Y te odió cuando supo que existías, que existía alguien que se llamaba Bajo y que era muy, muy alto. Quiso hacerte daño. Y jugó con mis palabras. Te engaño a ti y engaño a los lectores, porque no di más información que ésa sobre él. Y no mentía. Quería llevar el relato por otros caminos, pero Alto me jugó una mala pasada. Ahora sé que debo matarlo.”  

Bajo me miró y me sonrió, como perdonando mis errores. Y dejó de respirar. Alto, lleno de odio, me miró y me atravesó con su ira, antes de que lo hiciese desaparecer. 

Ahora sé que escribir puede ser peligroso.

Perdóname, Bajo.

Nunca te olvidaremos.