El elemento externo, perturbador, que desequilibra la vida ordenada del burguesito de a pie desnaturalizando su tranquilidad y caotizándola es un motivo muy utilizado en el cine y que puede ser muy inquietante. Directores como Haneke, Lynch, Hitchcock… e incluso otros más cercanos a nosotros geográficamente como Miguel Ángel Vivas  -y parece que pronto Balagueró con su Mientras duermes–  ha usado o usan este casi tópico cinematográfico como el aspecto que vehicula algunas de sus historias más interesantes. Así, en Funny Games o Caché los protagonistas se ven asediados por un horror que no saben cómo evitar y que los convierte en víctimas, en verdugos  o en aquello que siempre han repudiado por considerarlo inmoral o poco adecuado a sus registros sociales. En Lost Highway, la pesadilla psicodélico-esquizofrénica del protagonista comienza con unos vídeos en los que se profana su privacidad (igual que en la citada Caché de Haneke) y en Rear Window un vecino convierte en realidad los morbos escondidos de un voyeur en silla de ruedas hasta transformarlo en una suerte de agente secreto con licencia para observar. En el caso de la maravillosa Secuestrados, como en Funny Games, el ariete de la violencia golpea la realidad de unas vidas que se presumen idílicas y sume en una pesadilla lo que antes era tedioso, la normalidad, la rutina. Nadie está a salvo, nadie es como dice ser y lo civilizado se derrumba ante el ataque indiscriminado a la intimidad haciendo que los ojos del espectador empaticen con unos personajes que les muestran las diversas posibilidades a las que puede llegar el comportamiento humano en una situación límite. Y se acaba mostrando lo salvaje que uno puede llegar a ser, lo animal e instintivo que hay en el ser humano, lo que es más frecuente esconder que mostrar.

En El hombre de al lado, hay un vecino que quiere hacer una ventana que da a la casa del protagonista de la historia. Y algo tan sencillo como esto se dota de una carga metafórica tan grande que sirve tanto para explicar un radical cambio de comportamiento de un personaje de vida resuelta –que no feliz- como para hablar de una determinada sociedad, racista y clasista, escondida tras una cortina de tolerancia. Una sociedad que en este caso es la Argentina pero que podría ser cualquiera.

El hombre de al lado habla de todo eso y de la hipocresía, del presumir “que se es” y se tiene frente a lo que se es y se tiene de verdad; la historia desmenuza con angustia el discurso cínico del que lo tiene todo en contraposición al que no lo tiene, o al que se supone que no lo tiene. Acerca también con su discurso el terror al espectador medio de la película, que probablemente se reconocerá en algunos comportamientos y reacciones del protagonista y sonreirá nerviosamente ante el desarrollo de los acontecimientos que describe en ella. Así, la condescendencia repugnante mostrada por el personaje principal y la mala educación que muestra –sobre todo en privado-  respecto al personaje que se supone es más maleducado y está en un nivel social inferior va dejando al descubierto, a medida que la cinta se desarrolla, unos mecanismos perversos que con frecuencia contiene cualquier sociedad civilizada, que supuestamente puede y debe reaccionar de otra forma ante la diferencia y las formas diferentes de vivir y entender la vida en sociedad. Son reacciones primitivas, basadas en el miedo a lo desconocido, a lo que es, vive y respira de modo diferente, un horror –en el fondo- a mirarse a uno mismo para no descubrir en lo que uno se ha convertido: una máquina mentirosa incapaz de crear puentes de comunicación con sus semejantes que no sean a través de las bravuconadas, las burlas o las mentiras. Unas reacciones que están ahí y que conviene recordar que existen para tratar de no caer en ellas, o simplemente para ser conscientes de su existencia. Unas reacciones aparentemente reprobables, insitintivas,  pero más comunes y habituales de lo que somos capaces de reconocer.

Y es por eso que el protagonista, que ha logrado una posición social y un éxito evidentes, miente, se burla, denuncia y no tolera a su antagonista, que tan solo pide “algo de la luz que su edificio le roba” que ni se sabe qué hace ni parece importarle lo que se piense de él; no es mentiroso, ni hipócrita, ni está aterrado porque no lo necesita. Es libre para proponer y no comprende los cánones del comportamiento hipócrita que se requiere para ser un “alguien” respetado. Ni está dispuesto a comprenderlos. Puede ser incómodo en los modales, pero le da igual porque no juega al juego que propone la colectividad. Y es en ese choce cuando el espectador se da cuenta que el supuesto salvaje es más persona, más humano que el civilizado, pero que el aceptado por todos es el hipócrita. Que el más libre es el que tiene más valores pero el menos comprendido, y que  el esclavo de sus mentiras es aquel que en apariencia lo tiene todo, incluido la reverencia del entorno y su beneplácito. Y es cuando entonces cuando uno se da cuenta de que el terror a ser descubierto en ese juego de falsedades puede llevar a cometer un acto de traición terrible: la que uno comete consigo mismo.

El hombre de al lado se revela como una película interesantísima, a veces inquietante y profunda y a veces más superficial, que posee un discurso propio personalísimo y que pone en jaque los códigos en las relaciones con  los otros para poder cohabitar de forma pacífica. Subvierte los valores de lo que se supone que debe hacerse para actuar correctamente y desnuda hasta el ridículo los comportamientos hipócritas de una sociedad muchas veces marcada por la superficialidad y la mentira, marcada por el instinto de supervivencia. Las interpretaciones de los personajes son excelentes y la realización, pese a mostrar ciertas irregularidades, es un portento de regularidad y contención si se tiene en cuenta lo delicado del tema que se está tratando. Podría haber sido una película pedante, gafapástica e incluso estúpida en manos de alguien que no supiera lo que se hacía, pero Mariano Cohn demuestra que es alguien a quien debemos seguir la pista.

Y el que salga del cine y esté libre de pecado… que tire con tranquilidad la pared de su vecino al suelo.