Y por fin llegó la diversión. Era media tarde en el Auditorio del Gran Melià cuando por la pantalla empezaron a circular los chicos protagonistas de la cinta pandillera –ésta sí- más divertida y entretenida del año. El público, pasado de vueltas, celebraba cada salto en bici, en skate, en ciclomotor cutre de repartidor de pizzas como si fuera un estadio de fútbol. Un público que no podía creer lo que veía: ni Super 8 ni leches. Attack the block. Y a tomar por saco.

El gran acierto de casting es tan extraordinario como la capacidad que tiene esta peli para sorprender con lo que ya no sorprende. Los minutos vuelan y al terminar apetece más. Y el juego es sencillo aparentemente: divertir al espectador con lo que ya todo el mundo ha visto, pero en un contexto canalla distinto, rompedor y de una espontaneidad tan potente que parece mentira que sea tan difícil conseguir lo que la película consigue. Y da igual que hablemos de una cinta de acción con adolescentes pasados de vuletas y extraterrestres más bien cutres: lo importante es el goce, el disfrute total de cada acierto –que los hay, y muchos- de la cinta. Lo importante es la cara de crío que se te queda cuando se pagan las luces. Y las ganas de más.

Argumento estúpido, en principio. Ataque alienígena a un barrio conflictico de Londres, “propiedad” de los gangsters callejeros de turno, con mucho rap y mucha testosterona y poesía callejera cutre por medio. Los tipos que van y se cabrean y deciden tomarse la justicia por su mano en vez de llamar a los cazafantasmas. Y es tan burro todo que entrar en el rollo es tan fácil como cuesta desengancharse. Attack the block es una gozada porque te invita a una fiesta estúpida a la que acudes con reservas y acabas totalmente borracho. Es un exceso de pandilleo y personajes de aparente poco recorrido que acaban despertando todas tus simpatías en un juego empático que se presenta inesperadamente, cuando crees que no se puede engañar de ningún modo al espectador. Pues sí, se puede. Lo que hace falta son las ganas de hacer pasar un buen rato al público y un talento brutal para desarrollar una narrativa que mezcla aventura, comedia y algún aspecto dramático con competencia. Y quien diga que eso es sencillo que revise la cantidad de estupideces que lo han intentado y han fracasado. Le saldrá un top ten de chascos en taquilla -y dignidad- en menos de 10 segundos.

Lo siento por los incondicionales de la película del verano, pero Attack the block es todo lo que para muchos no ha sido Super 8. Ya no se hacen películas como las de los 80, decían. Bueno… diría que ya no se hacen porque es absurdo imitar lo que la nostalgia se encargará siempre de destrozar por muy buena que sea la propuesta. Pero se pueden hacer películas blockbuster de calidad cojonudas que se recuerden en este nuevo milenio, y que sean referente para muchos de los chavales –y no tanto- que poblaban el otro día el fantástico cine del Melià. El director comentaba que le había salido una mezcla de Super 8 y 8 millas, un “Super 8 millas”. Bueno, bastante mejor que ellas, pienso. Sin pretensiones y con el discurso claro y preciso. Sin engañar a nadie y haciendo disfrutar a una multitud de gente ávida de rememorar los pases de los cines de barrio más pasados de vueltas. Con una legión de adictos al cine en vena que disfrutan de cada segundo del a veces denostado cine de fantasía, acción y aventuras.
Porque vale, de acuerdo; no es Scorsese, ni Tarkovsky, ni Haneke ni Passolini. Ni Lynch ni Houston, o Kubrick. Es solo una película de acción y humor. Una tontería. Una minucia. Una pequeñez intelectual, una tontería. Bueno.

¿Y cuál es the fucking problem, bro?