Sumidos en un momento histórico complejo, ruin y a veces perverso, en el que las segundas oportunidades son escasas y la hostilidad del día a día se lleva la esperanza con los pies por delante, el cine puede armarse de significado y resultar un enunciado de caràcter puramente informativo (caso de lecturas como la de Inside Job), crítico (la propia Inside Job en su poderosa doble vertiente o las películas de realizadores como Ken Loach) o catártico, como en el caso que nos ocupa.

Another Earth es una película nacida con la voluntad de contar una historia sencilla vehiculada por un acontecimiento fantástico, un leitmotiv puramente metafórico que al final resulta ser determinante para poder comprender la intención de su creador: el de disfrutar de esas mencionadas segundas oportunidades. Y Hablamos de catarsis porque con su visionado volvemos a creer que es posiblehacer las paces con uno mismo y con tus errores por muy graves que estos sean. También es catàrtica porque es esperanzadora ya que nos muestra la otra cara posible de una realidad, la nuestra, como una suerte de cara oculta de la luna que en este caso esconde la posibilidad de reconstruir lo destruido por nuestras acciones.

El desencadenante de los acontecimientos que se narran en Another Earth es un accidente de coche y la muerte de un personaje, una muerte injusta provocada por la inconsciencia de la juventud. Y es una injusticia que es bidireccional: un personaje muere trágicamente y el otro, la protagonista –una más que excelente Brit Marlingen el papel de Rhoda– deberá vivir con una pesada mochila a sus espaldas. Merecida o immerecidamente –la película no transita por los caminos de los juicios morales- la vida de Rhoda queda condicionada hasta que decide tratar de equilibrar su estado de las cosas con la ayuda inesperada de un elemento puramente azaroso y casi mágico que actuará de un modo práctico en lo narrativo y de modo simbólico en una lectura más profunda, ya como espectadores. Es esa otra Tierra que aparece, en la que se dibuja la esperanza, en la que todos podrían encontrar una respuesta frente a lo que resulta incomprensible e injusto. Una Tierra que descubrirá el reflejo de lo que podría haber sido y no fue, el espejo en el que todos nos gustaría vernos reflejados. Que promete lo que por desgracia la realidad no puede prometernos y que puede acabar de golpe con la culpa, la peor carga que puede soportar un ser humano.

Another Earth es una película independiente, y lo es de verdad. Sin conocer los números que avalaron su producción podemos intuir que no es una película cara para las cifras que se barajan en el cine estadounidense, incluso en el de menor presupuesto. Sin embargo, la envergadura de la película es enorme por lo que trata y por cómo lo trata. No es pedante -y podría resultarlo- porque no naufraga en lo simbólico. Es creíble y verosímil cuando podría convertirse en una auténtica fantasía y no cae en los tópicos pese a contar todo lo dicho y aderezarlo además con una historia de amor tormentosa, un recorrido que mal llevado sería terreno abonado para el tópico más irritante. Por todo ello hablamos de una pieza cuyo realizador, Mike Cahill, probablemente ha podido controlar hasta moldearla con éxito y para contar única y exclusivamente lo que ha querido, ni más ni menos. Su estética casual de cámara al hombro en la mayor parte del metraje concede a todo el conjunto un aspecto desaliñado que te concentra todavía más en lo que se está contando y que remarcan aún más los instantes más mágicos de la cinta, con la “otra Tierra” enmarcada en la profundidad de plano.

Con unas interpretaciones magistrales por contenidas y sinceras, Another Earth levanta el vuelo desde la primera secuencia hasta la última con competencia y en un in crescendo marcado por lo que se narra y no tanto por el cómo, algo que no es tan habitual como debería. Su poesía radica en la sencillez de lo que propone para explicar algo que de sencillo no tiene nada, una historia de caídas y redenciones , y lo hace desnuda de artificio y contando solo con los elementos básicos de toda buena película: una buena historia, unas buenas interpretaciones y el talento de un director de orquestra que fusiona ambas cosas de forma competente. Una película, en definitiva, en la que el buen gusto campa a sus anchas. Imprescindible.