John Carpenter es un genio. Y como tal, propuso en 1982 una película genial, de recuerdo imperecedero entre los aficionados del cine de género y del buen cine en general. En aquella película, The Thing, que ya tenía su referente en la anterior El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), algo que no debemos olvidar, se volcaban elementos de puro cine de terror y ciencia ficción pero en un tono de reflexión, en una época en la que se vivía la tensión de la guerra fría. De hecho tal mirada desde el fantástico no era nueva, ya que en films como La invasión de los ultracuerpos (cualquiera de sus versiones) ya circulaba entre los personajes la paranoia, el miedo al otro, el terror a la delación y a descubrir que lo más cercano puede convertirse en la amenaza más temida. Un miedo escrito a fuego en el ADN de la historia americana y que provenía de casos como el macarthismo.

Nada nuevo, o eso parecía, podía aportar esa segunda versión de la película. Pero The thing era mucho más de lo que simplemente aparentaba. Primero porque nos volvía a descubrir a un realizador que nos hacía una clase magistral –nuevamente- sobre la puesta en escena, y segundo porque su película, por todo lo dicho antes y por el tratamiento y el cuidado de sus escenas, acabaría siendo un clásico que incluso hoy, 29 años más tarde, vuelve a revisarse. De lo que podía haber sido anecdótico Carpenter forjó una película de culto, que bajo sus diversas capas de significado, más profundas que la puramente fantàstica, acabaría conviertiéndose en algo mucho más importante que una película de sustos, palomitas y cine de barrio.

Así las cosas la llegada del nuevo remake sobre The thing, el tercero, volvía a priori a resultar aparentemente innecesario, y más aún si se tiene en cuenta la maravilla que fue y es su predecesora. Cualquier aficionado más o menos comprometido podía ver en tal revisión una pérdida de tiempo y además suponía que podía quedar manchado el status de la película previa. A todo esto se sumaba la sensación de falta de ideas nuevas, sobre todo en un género, el fantástico, que puede acabar deambulando fácilmente por lugares comunes sin ni pizca de originalidad.

Por otro lado, un remake podía resultar para el aficionado más entusiasta una forma de reivindicar y dar a conocer una película antigua y gloriosa a través de una nueva versión. Si no resultaba un fiasco, como había sido el caso de cintas como El amanecer de los muertos de Snyder (versionando la maravillosa Zombie de Romero), Las colinas tienen ojos, de Aja (que incluso superaba la firmada por Craven), o el personalísimo y acongojante Hallloween de Rob Zombie (curiosamente mirando de nuevo a Carpenter) podía ocurrir que la nueva película abriera un vía nueva en una historia ya conocida pero desde nuevos puntos de vista, algo que siempre podía resultar enriquecedor. Todo podía pasar.

Y el resultado final es lo que se ha llamado precuela de una película que se ha hecho con la voluntad de pasar un buen rato, plagada de unos efectos especiales fabulosos, muy en la línea digital actual, y con un ritmo que agradará sin duda mucho más a ciertos espectadores, ávidos de que ocurran muchas cosas y muy espectaculares. Ha ocurrido que se desarrolla una historia idéntica sin caer en el aburrimiento y sin dejar respirar al espectador. Lo que ha acabado pasando es que se ha creado una gran película de acción, aventura y terror de consumo fácil y que divierte, inquieta y seduce a partes iguales. Todo ello a costa de algo, del elemento más significativo de la película original, la paranoia de los personajes.

En la película de Carpenter daba miedo el ser, el monstruo, sí. Pero hoy día ese bichejo ha quedado obsoleto visualmente hablando y sin embargo la película ha resistido igual el paso del tiempo. Y lo ha hecho porque lo que en ella se narró no hablaba solo de un monstruo del espacio exterior, sino del monstruo que todos llevamos dentro, el que de verdad daba miedo en la película, pero en una suerte de metáfora a la inversa que te ponía los pelos de punta. Escenas como la de los análisis de sangre, los debates entre los personajes dando sus razones para llevar a a la confianza del grupo, o la secuencia final –TREMEBUNDA- llena de ironía y de unos matices y una desesperación de carácter casi trágico dejan paso ahora a un espectáculo visual mucho más competente en ese sentido pero que está vacío de contenido. Y eso no tiene porque ser malo, ya que una de las funciones del cine es divertir. Pero desde luego cuando se revisa una obra maestra como es The Thing, y se hace, además, desde la nostalgia, no es para nada plato de buen gusto.

Diría entonces que la nueva The Thing no es una película interesante? Depende de la mirada y de lo que esperes de ella. Si quieres verla como un entretenimiento puro y duro te entretendrá y pasarás un buen –o mal, como se mire- rato viéndola. Saltarás de butaca, sudarás con los personajes y se te helará el corazón en muchas de sus escenas. Con esa mirada la película no solo es recomendable, sino de visionado obligado. Ahora bien, si lo que se espera es algo parecido a la antigua The Thing la cosa cambia, y mucho. Si tu idea es volver a ver a Carpenter y disfrutar de otro tipo de sufrimiento, no la recomendaría.

Ya hablé en algún post anterior de la maldita nostalgia. Y de ahí que no quiera repetirme, pero es evidente que debemos olvidarnos de ella si vamos a revisar un remake como éste, o como la mayoría de los últimos que se han producido. Si esperamos ver la misma película nos estamos equivocando, así que la condición es dejarse llevar, olvidarse de los años dorados y disfrutar con el nuevo producto. Así, sí vale la pena la nueva The Thing, y mucho más que muchos remakes actuales.

Pero claro, para ello hay que olvidarse de John Carpenter