A unos minutos del comienzo de Drive las expectativas no podían ser más altas. Por un lado teníamos unas crónicas y críticas de su paso por otros festivales (como el de San Sebastián) que hablaban maravillas de ella. Por otro lado, todo apuntaba a que como espectadores volvíamos a recuperar a un actor al que hacía algún tiempo habíamos perdido la pista: un Ryan Gosling que nos mostró de lo que era capaz en películas como The believer (Henry Bean, 2001) o la sobresaliente Half Nelson (Ryan Fleck, 2006). Todo apuntaba a que nos encontrábamos ante una película que además de esperada debía estar por encima de la media en el marco de un festival, el de Sitges, en el que el fomento del entusiasmo es el pan suyo de cada día.

Y de vez en cuando ocurre, y una película no decepciona. Drive te emociona, conmueve, impacta y entristece dentro de una estructura narrativa clásica y efectiva marcada por una serie de condicionantes que la elevan al séptimo cielo del mundo del cine. Su impacto es tal que cuando termina todavía no tienes claro cuál es el aspecto o los aspectos que te han llevado a recibir una impresión tan salvaje. La certeza de que acabas de asistir a la construcción de un clásico que perdurará en nuestra memoria colectiva durante mucho tiempo es tan clara y merdiana que sales de la sala herido de satisfacción, emocionado al comprobar cómo una película puede llegar a transportarte a tantos lugares emocionales distintos. En sus casi dos horas de duración Drive te ha regalado un mosaico de sensaciones como pocas películas son capaces de ofrecer y te ha mostrado un sinfín de posibilidades de análisis distintos -estético, argumental, simbólico, puramente cinematográfico… – tan rico que parece mentira que en una sola película quepa tanto acierto.

Drive nos cuenta una historia que a su vez son muchas, todas con un desarrollo y desenlace clásicos en sus subtramas. Cada aspecto que queda abierto argumentalmente se cierra con habilidad y de forma que se abren un sinfín de lecturas  que llenan de matices lo que se acaba de presenciar. Finales de subtrama que se cierran a cal y canto pero que a la vez abren múltiples lecturas de significación, algunas de carácter moral, otras de carácter puramente artístico o estético. Y curiosamente todo lo que nos cuenta la película es tan manido que puede resultar ridículo: un personaje de pasado casi desconocido y con una pesada carga vital a sus espaldas se presta a mostrarnos un desarrollo emocional que va de lo más frío -congelado- a lo más cálido; ése es el recurso argumental inicial que dibuja una historia que se intuye oscura y de clara redención personal desde prácticamente su inicio. Lo que muchas otras películas ofrecen, vamos. Pero en este caso los aciertos empiezan ya desde el casting -no me imagino otro actor haciendo lo que Gosling hace con su personaje- para llegar a lo sublime en la composición de los matices y colores del protagonista en un guión que trabaja sobre la delgada línea que separa el acierto del ridículo.

El personaje que interpreta Ryan Gosling trabaja en un taller  de coches -regentado por un jefe que interpreta hábilmente Bryan Cranston, y alterna ese oficio con otras dos fuentes de ingresos. En la primera, legal y pública, trabaja como un reputadísimo especialista de cine que conduce coches  en las escenas de riesgo. En la segunda, mucho más comprometida pero más lucrativa, actúa como vía de escape de ladrones y atracadores de bancos poniéndolos a salvo con su impecable habilidad como conductor de alto voltaje. En todas ellas vive una vida más bien silenciosa y solitaria hasta que su relación con una vecina (Carey Mulligan) y su hijo y la amistad que va construyendo con su jefe del taller ponen en jaque todo el aparente equilibrio conseguido en su complicada vida.

Hay una evidencia muy clara en Drive, y es que el personaje camina por senderos morales peligrosos y por lo tanto debía alcanzar un grado de  empatía  emocional con el espectador para acompañar al personaje sin censurarlo, creyendo en sus motivaciones, simpatizando con sus acciones y sin preguntarse los cómos ni los porqués  de las mismas. Esa empatía era necesaria y  difícil de alcanzar porque es una interpretación parca en palabras, con un transmisor único de su subjetividad, su mirada, a la que la  cámara le dedica intensísimos y cercanos planos. Una mirada así solo podía sostenerla alguien como Gosling. No se me ocurre a nadie con una mayor capacidad para comunicar emoción y melancolía que él, que en el pasado ya fue capaz de firmar un par de escenas cumbres sin pronunciar una sola palabra con su alter ego en Half Nelson. Con esa baza y el entendimiento absoluto entre lo que deseaba conseguir el realizador y el talento del actor a su servicio, esa comunicación necesaria con el interior del personaje se da desde los primeros instantes y de forma más que contundente.

Por todo esto Drive es una película de actor sobresaliente, pero que además regala otras cosas al espectador más exigente. La acción adrenalítica y el pulso acelarado que logra en sus segundo y tercer actos es mérito de una primera hora de manual, de una contención y de un ritmo pausado que limita peligrosamente con el tedio y el desencanto. Toda esa parte inicial está intencionadamente dirigida a presentar al personaje con el que vamos a caminar por el lado más salvaje, y su pausa solo existe como mostración de su personalidad y como contraste al ritmo que después se encontrará el espectador, que a esas alturas piensa que el discurrir de la cinta no va a llevarle por caminos muy diferentes al visto hasta ese momento. Craso error: en un acto final que eleva a toda la película a la altura de una tragedia digna del personaje más romántico que se ha creado últimamente en el cine, el espectador queda a merced de sus emociones y de aquella empatía construida silencio a silencio, mirada a mirada. Si a esto se le añaden unos aspectos estéticos que no solo adornan la trama y al personaje sino que lo llevan más allá de lo que serían sus supuestas intenciones la imagen acaba convirtiéndose en algo hipnótico de lo que es francamente complicado escapar. La ciudad y su nocturnidad, los coches, el pensamiento plasmado en el lento discurrir de los acontecimientos y en la mirada de los personajes, la chupa amarilla con el escorpión descontextualizada y cargada de estética vintage (y de significación por lo letal de su propietario), las luces de los automóviles… todo acaba combinándose para golpear los sentidos en un cóctel explosivo perfectamente controlado y mejor dirigido. Y la fascinación que produce en lo sensitivo es el segundo gran triunfo de la película, a la que además le acompaña una banda sonora de los 80 que parece que acompañe a una película de los 70  hecha en nuestro nuevo milenio.

Y al final, un desenlace que potencia más el global de la cinta, por lo inesperado, duro y salvaje pero también por la coherencia con lo que se ha estado viendo. En todo su tramo último asistimos alucinados a la desesperación de unos personajes al borde del existencialismo que actúan desde las tripas y del instinto, y se produce el triunfo final de la ambigua lectura moral que ya se produjo de un modo parecido en una obra maestra como Taxi Driver, una película en la que no dejaba de pensar cuando salí de la proyección de Driver. Y si me atrevo a hacer esta comparación es porque creo sinceramente que como aquélla, esta Driver va a ser elevada a la categoría de película de culto por muchos de sus espectadores, entre los cuales me incluyo.

De vez en cuando ocurre. Que el cine te regala algo que va más allá que dos horas de entretenimiento, incluso más que dos horas de entretenimiento inteligente. A veces parece que todo se conjugue adecuadamente para lograr que una película te haga sumamente feliz y vuelvas a darte cuenta de lo que puede llegar a ser el cine y lo que puede proporcionarte. Disfrutad de Drive los que no la hayáis visto cuando se estrene y procurad no perdérosla porque estamos ante un clásico del cine contemporáneo. Ante una de las películas de la década. Al tiempo.