Se abre el telón. Se ve a Kirsten Dunst en cámara superlenta haciendo poses de bailarina de diseño y vestida de novia. De repente el mundo explota. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película?

Pista: no es Spiderman.

 

Vale, vamos al trapo. Hace muchos años, en un lugar llamado Festival de cinema Fantàstic (y en ese momento de terror) de Sitges, se presentó la película de un (bastante) desconocido director en ese momento. El señor en cuestión era danés y su obra se llamaba Europa. En su pase algunos se durmieron, otros  bostezaron y otros celebraron una fiesta por haber descubierto algo nuevo, diferente, que dejaba un sabor a autor  que se podía palpar en cada plano, en cada secuencia. La película era una especie de culminación a una trilogía que él mismo se había encargado de filmar y fue mi primer contacto con Lars Von Trier, un contacto que, por cierto, y a mis 18 añitos, me resultó muy interesante. No, señores, no me dormí. Y continúo pensando que es una película tan hipnótica como interesante. Por cierto, en mi querido Festival de Sitges la cinta ganó un premio (el de mejor película).

Luego le perdí la pista. Yo estaba más obsesionado, en esa época, en tratar de conseguir un autógrafo de Peter Jackson (¡Lo tengo! ¡De cuando presentó Braindead! jejeje), de charlar con Wes Craven con motivo de la presentación de The people under the Stairs o de asumir que la persona con la que me había comido unos bocatas en el bar del cementerio durante un par de años conseguía ganar el premio al mejor cortometraje con su primer trabajo, Alicia. Todo muy normal en un seguidor del cine fantástico. Sea como sea no oí hablar de Von Trier hasta que un día topé con algo llamado Los idiotas. De hecho sí que había oído hablar de un concepto nuevo acunado por un tipo extraño que trataba de revolucionar la forma de hacer cine, eso del Dogma. Y había visto en Sitges piezas com Festen, que se acercaban a esa forma de narración. Pero Los idiotas la vi más tarde, y la vi en casa.

Quedé totalmente impactado. Me aburrí abismalmente pero lo que conseguí ver de su metraje me sobrepasó formalmente lo suficiente como para recuperar Europa. No podía creer el cambio, la evolución del tal Von Trier. Del preciosismo y la búsqueda de perfección estética al feísmo y la búsqueda de la narración bruta. Sin música, sin casi montaje, con la cámara en mano. Y con un tema delicado por políticamente incorrecto. Un salto sin red. O te gustaba o la odiabas. Yo la odié narrativamente pero me interesó conceptualmente. Y me puse al día.

Empecé a recuperar su obra. Primero fue una miniserie de terror danesa que recomiendo enfurecidamente (Riget, o The Kingdom). Después llegó a mis manos ese dramón de proporciones cuasi burlescas llamado Rompiendo las olas. Y después afortunadamente pude ver sus películas ya en cine y en el orden en que las fue estrenando. Bailar en la oscuridad, Dogville, Manderlay y finalmente Anticristo.

El Lars Von Trier que me interesa empieza en Europa, pasa por The Kingdom y aterriza en Bailar en la oscuridad. Pero es el de Dogville el que ya no me interesa, sino  que me FASCINA. Y claro, como aficionado al terror, cuando estrenaron Anticristo no podía esperar. Y lo que en un primer visionado reveló una cierta decepción, se reconvirtió en admiración contenida en los dos siguientes. Y así esperando y en alerta pasé el tiempo que se tardó en anunciar Melancolía.

Me salto el tema polémicas. Me aburren un poco estas cosas, la verdad, y sobre todo me dan mucho miedo las ejecuciones públicas. Así que solo hablaré de la película; y  lo primero que debo decir si hablo de ella es que debo empezar siendo sincero y advertir a los lectores de que me dormí. Sí, señores. En ciertos momentos de Melancolía me quedé frito. En mi favor debo explicar que -de nuevo- el pase fue en Sitges y que llevaba una semanita de tres pares de narices. Los que seguís mi twitter (@xfar1) o habíes leído este blog en el pasado sabéis que yo voy a Sitges pero no dejo de trabajar, no soy tan afortunado. Y que cada día me casco unos cuantos quilómetros yendo y viniendo de Barcelona -o Sant Cugat, donde trabajo- por lo que apenas duermo. Así las cosas, en el pase de Melancolía llevaba este último Sitges unas veinte películas a mi espaldas, pocas horas de sueño y un cansancio evidente que no eran la mejor forma de entrar a ver ninguna película (y puede que esta aún menos). Sea como fuere Morfeo me invadió en un par de momentos y por ese motivo hoy (cuando acabe de escribir esto) me dirigiré de nuevo al cine a verla. Pero sé con certeza que fue poco lo que me perdí, y por eso hoy me atrevo a hablar de ella.

Y una vez aclarado este punto debo decir que la película es una joya. Un artefacto visual de un tratamiento estético perfecto. Melancolía trabaja desde la imagen y la metáfora sobre los temas manidos de siempre pero con una delicadeza pocas veces vista en una sala. Es una película sensitiva, que ataca a los sentidos, que te envuelve y te masajea el intelecto de forma sutil, con palabras y gestos suaves, casi irreconocibles por su aparente sencillez. Te seduce. La música, los primeros minutos al ralentí con esa fotografía ensoñadora, la desasosegante historia que narra, sencilla pero violenta en su fuero interno… Todo en Melancolía parece destinado a hacerte caer de rodillas ante la belleza con mayúsculas, y todo se presenta ante ti como una inmenso llanto de dolor contenido que estalla en un final agónico y de categoría trágica. Formalmente no tiene un solo pero: el señor Von Trier dice que está harto de Melancolía porque no le suposo ningún esfuerzo rodarla (?) (leed aquí la entrevista en la que lo afirma, por cierto interesantísima) y la verdad es que si lo dice en serio parece que se desmarca del resto de los mortales, porque me parece revestida de un envoltorio difícilmente alcanzable por alguien que no sea un genio.

Pero claro, Melancolía camina por muchos senderos que la hacen interesante para bien o para mal. Las interpretaciones de todos sus actores son maravillosas y la doble metáfora que dispara los conflictos de los personajes y el leit motiv de la película funcionan a la perfección. Aún así me dormí. No me dormí con The divide, muy olvidable. Ni con El páramo, aún más olvidable. ¿Qué ocurre entonces, o qué me ocurrió con Melancolía?

Quizás la distancia en la que me situé respecto a la imagen. ¿Su frialdad? no es fría, pero es cierto que el ahora anti-dogma (por mucha cámara en mano que hay en la mayoría del metraje) te aleja un poco del producto final. También su ritmo es parsimonioso… se entiende que sea el que es pero todo lo descrito anteriormente lleva inevitablemente a la relajación… o quizás simplemente yo estaba cansado para asumir el reto que propone Lars Von Trier en su última creación. Espero que hoy no me pase. Por twitter hoy mismo -o mañana- lo cuento, después de su segundo visionado, descansado como me encuentro.

Pero la película también peca de cosas que quiero comentar. Pienso que es algo pedante. Que trata de asuntos tan elevados desde un punto de vista tan evidente que se puede llegar a pensar que o bien te sermonea o bien te muestra una ingenuidad en su intención que no acaba de cuadrar con el saber hacer de Von Trier. Pero todo es posible. Puede que Von Trier sea un pedante o puede que tan solo desee hablar de una cierta obsesión. No lo sé. En todo caso la sensación final puede ser para algunos negativa.

Me quedo con el paseo emcional y con el masaje a los sentidos. Me quedo con una película que invoca a gritos a lo bello como los modernistas hicieron con sus composiciones finiseculares. Me quedo y me quedaré siempre con el elemento perturbador que tiene todas sus películas y por eso hoy repito. Y por eso la recomiendo, como recomiendo casi todas sus películas.

El chiste del principio era para relajar un poco. Porque sabía que acabaría en un tono más serio.

Se cierra el telón. No era Spiderman. Por cierto, Spiderman también me encanta.