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Desde la insoportable levedad de un ser llamado Brandon, los bucles y círculos concéntricos de una vida atormentada se suceden uno tras otro en una de las grandes películas que han inaugurado mi año cinematográfico particular en la lectura de una partitura particularmente descarnada.

Mi conexión con Shame en el cine fue muy rápida. El primer plano de la película ya me declaró públicamente su amor envuelto en la frialdad azul de una preciosa fotografía que iba a repetirse durante todo el metraje. Y en seguida el primer bucle, el primer gran círculo mostraba la angustia que querían comporatir Fassbender y McQueen con el patio de butacas. En el recorrido absurdo de la cama al contestador automático, en la repetición de las palabras anodinas de la emisora del mensaje telefónico, en la decisión de cada uno de los tiros de cámara que acompañaban a un desnudo Brandon reconstruyendo su tortuosa rutina diaria.

Los bucles continuaban. Una preciosa escena en el metro de Nueva York me advertía del talento del que había orquestado aquella peligrosa ratonera. La asfixia comenzaba a hacerse explícita en cada (no) decisión del personaje principal. En cada gesto, en cada mirada. En cada una de sus sonrisas rota  Fassbender/Brandon se hacía con mi compasión poco a poco, como un animal que comunica sin hablar su necesidad de auxilio. Todo se desarrollaba en un marco de perfección formal que a algunos les alejaba de la historia… mientras que a mí, y también a otros muchos, nos acercaba cada vez más. Hasta que no podíamos escapar de ella. Hasta que el extremo de ese segundo círculo del infierno terminó alcanzándose a sí mismo al final de la película, cerrando así una historia plagada de huidas infructuosas.

De repente reparé en la música. En un primer visionado me pareció escuchar a Bach en varias ocasiones, y en los créditos me percaté de la participación de Glenn Gould y sonreí. Otro bucle. En un segundo visionado advertí que Brandon escucha compulsivamente y en sus momentos más desazonadores las composiciones de este pianista, atrapándolo y transportándolo a una fantasía sonora que acompaña a una realidad evidente que no permite la huida. Y es en la escena en la que Brandon escapa de su casa -y de su hermana- donde queda  más clara tal evidencia: el personaje corre en un plano secuencia falso y la cámara  acompaña y muestra cómo su carrera no le llevará a ningún lugar concreto, como si corriese en una rueda giratoria de ratón de laboratorio. De hecho volverá al mismo lugar del que salió huyendo, dejando claro que no podrá huir por mucho que lo desee. Esa escena, sublime, es el cuarto bucle que fui capaz de reconocer y que me iba envolviendo cada vez más en el infierno del personaje. La música, brillante en su uso y adecuación al tempo de lo que se narra, que se convierte en otro elemento de alto alcance para herir al espectador en lo emocional.

Más simbólicamente, Brandon aparece en sucesivas ocasiones de espaldas -sobre todo en las conversaciones frustrantes con su hermana o en los momentos en que se complica la comunicación o hay un malentendido, como en el restaurante con su compañera de trabajo-, y en algunas de esas ocasiones con la cabeza baja. Desde atrás, aparece sin cabeza. Brandon está decapitado en muchos planos y se  demuestra una intencionalidad en el diseño de la puesta en escena que sería muy injusto no reconocerle como mérito -entre muchos otros- al director de la película. El personaje solo sabe actuar impulsado por su adicción , angustia y desesperación y no razona conscientemente sus acciones y todo queda perfectamente reflejado en cada decisión del McQueen en cuanto a lo que muestra y no muestra en pantalla. Nada está en manos del azar y todo funciona como un mecanismo milimétricamente construido para la mostración de lo que en la historia está siempre latente: la desesperación y la incontinencia del impulso.

Tres largos planos secuencia -o casi- terminan por rematar esta intencionalidad: el primero, la PLUSCUAMPERFECTA interpretación de Carey Mulligan del New York New York que consigue trasladar emocionalmente al espectador al lugar más cercano posible de Brandon. Una escena que quedará para siempre registrada en mi disco duro y que casi logra arrancarme las lágrimas en las dos ocasiones en las que la he presenciado. McQueen te coloca con ella en el clímax de la empatía con su atormentado personaje y te anuncia que lo que te queda por comtemplar va a golpearte muy duro.

El segundo, la conversación entre la compañera de trabajo de Brandon y él en el restaurante, cuando éste trata de buscar un acercamiento  más convencional y pausado con una mujer y se pone de manifiesto que es un terreno estéril, desconocido y doloroso para él. Una conversación hábilmente interrumpida en un guion inteligentísimo por un camarero que parece nacido para poner las cosas todavía más difíciles. Tal conversación termina con un encuentro sexual fallido posterior que iniciará una caída progresiva del personaje al estómago de sus problemas que le acabará prácticamente digeriendo.

El tercero, la terrible conversación entre los dos hermanos que asalvaja y muestra una relación infectada, por parte de él por su falta de control sobre sus impulsos -aterradora la reacción de Brandon cuando su hermana se le acerca demasiado en la cama o lo descubre masturbándose- y por parte de ella por su imposibilidad de autogestionar su propia vida y exigir y demandar un afecto que precisamente Brandon no puede ofrecerle porque no sabe cómo hacerlo. Y menos sin utilizar la única forma que conoce para lograrlo.

Y es en este punto donde está el drama de la película. Porque la historia de Shame no es una historia de sexo, o no lo es solo de sexo. Tampoco de una adicción concreta, porque podría ser cualquier adicción. Es la historia de una incapacidad, la de un ser castrado emocionalmente para relacionarse de forma plena y satisfactoria. Es la historia de alguien que no puede escapar de tal incapacidad y que ha sustituido el placer por el dolor a través del supuesto placer. El sexo y el uso que de él hace el personaje vehicula la historia que McQueen nos cuenta pero sería muy necio creer que al final la historia “va” de eso, o que nos sermonea moralmente en ese sentido. Y lo sería porque en incontables momentos vemos claramente que su uso del sexo no está controlado, y que tan solo existe para calmar la incapacidad  y el dolor que el personaje siente. Así que da un poco igual la adicción que sea; podría ser el juego, la cocaína o la politoxicomanía. Aquí es el sexo. Pero nada más.

La caída final progresiva de Brandon para muchos es criticable. No para mí. Brandon se abandona porque su frustración le lleva a la autodestrucción, y eso se observa claramente en el bar, en lo que pienso es la escena más dura, inteligente, arriesgada y potente de la película. El personaje se castiga hasta el extremo y su actuación tiene que ver con eso. Todo lo que sucede en esos 15/20 minutos es un paseo por el dolor  y la humillación personal del personaje pero no por las prácticas a las que Brandon decide abandonarse, sino por el propio abandono y la incapacidad que tiene de controlarse como lo haría un yonqui de cualquier otra adicción que sufriera. Brandon siente vergüenza por ser incapaz de vivir una vida normal y fingir constantemente que la vive. Por no poder ayudar a su hermana. Por no poder relacionarse con nadie. Por no poder cuidar de sí mismo. La vergüenza por no estar “conectado” (como le recuerda un personaje en un momento clave de la película)  tal y como cualquier ser humano debería estar capacitado para estarlo con otro o con su entorno. Quienes se escandalizan por un lado o critican ese tramo final por otro tendrán sus motivos, pero pienso que se alejan de la verdadera intención de la película que es mostrar el descenso a los infiernos de un adicto a la autodestrucción que quiere pero no sabe -ni parece poder- abandonar la rueda gigante y sin escapatoria en la que se ha convertido su vida. Lo que sucede en Shame es consecuencia de la adicción, no del uso del sexo que Brandon haga. No escandaliza, en la película, que se lo monte con una, dos, tres o ciento cincuenta mujeres. Ni que se la casque cada mañana tres veces. Ni que tenga tanta pornografia en casa que le sea difícil esconderla. Escandaliza el dolor y la humillación que el personaje sufre por ser incapaz de controlar conscientemente su práctica convirtiéndolo en un títere de sus impulsos. Todo lo que le ocurre a Brandon acaba siendo consecuencia de la adicción y no del sexo -de la índole que sea-, y ver otra cosa me resulta un tanto superficial. Es quedarse en #elpenedeFasbender , como corre el hashtag ya hace unos días por Twitter. O pensar que porque un acto dramático final se desencadene en el momento álgido del comportantamiento autodestructivo de Brandon, éste sea causa del primero. Y es absurdo porque en un plano se explica claramente que aquello iba a volver a repetirse -último bucle- y por lo tanto no es -solo- responsabilidad del personaje. Y también porque la mirada final de Brandon en el metro no se intuye que haya o deje de haber ningún tipo de cambio en su actitud debido a ese hecho, y tal corrección si se diera en la realidad requeriría de un proceso mucho más largo y complejo. En una adicción, un hecho puntual no “cura”, por muy dramático que éste fuera y decir lo contrario es no conocer las adicciones y lo que comportan, y en mi opinión no haber entendido absolutamente nada. Pero es solo mi opinión.

Y no se puede terminar un comentario de esta película sin hablar de Michael Fassebender. ¿Existiría esta película sin él? No lo sé. Probablemente, pero sería distinta. El atrevimiento de este actor, en pleno auge de su carrera, a interpretar a Brandon y su problemática por un lado y su acierto descomunal al hacerlo por otro definen a un tipo del que desde luego vamos a oír hablar y mucho. Su interpretación es una de las más grandiosas y aterradoras que he podido ver en una película y no era fácil porque era mucho lo que se jugaba y a priori parecía que podía perder más que ganar. Será difícil ver otra demostración interpretativa de tal calibre en mucho tiempo -aunque espero equivocarme- del mismo modo que dudo que se me olvide jamás la mirada (casi a cámara) de Fassbender en el momento de clímax del último de sus encuentros sexuales, que por su desgarro no logra romper la suspensión de incredulidad pese a mirar directamente a los ojos de los espctadores. Literamente pidiendo ayuda con su mirada y con su cara, grotesca y casi deformada, consiguió -aquí sí- que se me escaparan un par de lágrimas por todo el sufrimiento que me había hecho pasar hasta el momento con su torturado personaje.

@xfar1

Anuncis

Quisiera añadir al ranking de películas del 2011 tres joyas que por diferentes motivos no mencioné abiertamente en los anteriores artículos del blog. Evitaré darles un número para no tener que modificar lo que ya está escrito, y por lo tanto que cada cual las sitúe en el lugar que crea que se merecen.

 

L’Illusionniste

 

Película de animación basada en un guion del mismísimo Jacques Tati que al parecer había escrito para su propia hija, y que por diferentes causas nunca pudo llegar a rodar. Realizada por los responsables (sobre todo Sylvain Chomet) de otra maravilla llamada Les Triplettes de Belleville la película se erige como un verdadero homenaje al genial actor y director francés, a sus gestos, a su mirada y ante todo a su capacidad para arrancar al mismo tiempo la risa y la emoción al espectador más frío y exigente. Su historia, la de un mago en declive que recorre el mundo tratando de ganarse la vida con  un espectáculo anacrónico para los tiempos en los que discurren los acontecimientos, y su relación con una joven soñadora y las gentes de una variopinta región escocesa se usa aquí como excusa para resucitar al verdadero mago -del cine- que fue el creador de obras como Mon Oncle o Play Time. Bendecida por la propia familia de Tati, que inicialmente no veía con demasiado buenos ojos el proyecto, la obra despierta la ternura y la complicidad del espectador en un casi constante silencio, del mismo modo que lo conseguía el propio Tati con sus películas con actores reales. Artesanal en su (re)creación e ingenua pero certera en su intención, este film logró emocionarme como el que más en este 2011 por su amplio repertorio de momentos mágicos y enternecedores sin nunca jamás caer ni en la vulgaridad ni en el sentimentalismo barato. Perdérsela es una auténtico crimen, igual que pensar que por ser una cinta animada tiene menos valor que cualquier otra. La orfebrería y la arquitectura manual se imponen en la sorpresa más preciosa de la temporada, y planta cara a la mejor de las películas de Pixar. Contempladla, disfrutadla… y ya diréis.

 

 

Animal Kingdom

(no mencionada en los anteriores posts porque creía que era del 2010 y porque no la vi en el cine)

 

 



 

 

 

 

 

Animal Kingdom es una bala disparada al estómago de la incomodidad, y constituye un retrato terrible y despiadado de una familia (des)estructurada en torno al crimen y a la influencia de varios de sus miembros. Las bestias salavajes que campan por el relato de sus acciones, devoradoras de cualquier indicio de humanidad que ponga en peligro los mandamientos que rigen su código de conducta, entran en crisis por la participación en sus acciones de un elemento interno que desvaloriza y debilita el poder adquirido con los años por la manada y sus dos líderes: una madre de una maldad casi hipnótica que solo puede actuar desde un mal que ya no controla  y uno de sus hijos, el más terrible criminal que ya actúa como cabeza de familia. Ambos personajes completan una de las parejas más inquietantes y enloquecidas vistas este año siempre desde la contención y la sobriedad del trabajo de los actores que les insuflan vida. En el desarrollo de los acontecimientos, ambos personajes se esmerarán para mantener el equlibrio de una situación ya desequilibrada que pondrá en jaque toda la arquitectura de semejante tela de araña de la maldad creada por todos durante años y años desde la podredumbre y la insalubridad más perversa. El enfrentamiento entre ellos y aquel elemento -distorsionador- y la capacidad del director de la cinta se unen para transmitirnos el mal rollo más enfermizo y desesperanzador que uno se pueda imaginar. Sin grandes aspavientos, ni necesitada de un ritmo frenético o de una exageración en las interpretaciones, Animal Kingdom se consagra y eleva a su responsable, el australiano David Michôd a los altares del cine con una película que no se olvida fácilmente. Tremenda, dura y poco recomendable si se quiere disfrutar de una velada agradable, a no ser que seas un devorador de cine sin concesiones. Salida de las entrañas del resentimiento y de lo retorcido de sus personajes, debe verse más de una vez para apreciar todos los matices que encierra. Quizás la película que más duro me ha impactado en todo el año.

 

 

A separation (Nader & Simin)

(no mencionada porque no la había visto aún)

 

 

 

 

 

 

 

 

Una maravillosa experiencia cinematográfica no tiene porque estar separada de una satisfactoria transmisión de valores o ideas, del mismo modo que ese hecho no tiene porque dar como resultado una obra moralista o maniqueísta. Es el caso de la película de Asghar Farhadi, A separation, que logra esa comunicación y además da un golpe sobre la mesa ante los prejuicios que pueden llevar al público a no ir al cine por tratarse de una película alejada inicialmente de nuestra experiencia cinematográfica por su lugar de origen. La ganadora del oso de oro a la mejor película  y de los osos de plata a las interpretaciones masculina y femenina de la Berlinale del 2011 construye a través de un relato cinematográfico narrado de la forma más clásica un artefacto demoledor que patea inmisericorde todos los preceptos de la cultura, la religión musulmana y sus preceptos contradictorios, el conservadurismo, la intolerancia y  la división de clases iraníes pero nunca tan solo desde la condena, sino desde la reflexión. La incapacidad para poder escapar al blanco o negro -sin matices- de las acciones de los personajes durante la película exaspera al espectador que se pregunta por qué no pueden detenerse los acontecimientos y sus protagonistas para reflexionar sobre lo acontecido y buscar la solución más tácita y racional. El miedo, el terror a la equivocación y al castigo moral y divino es aquí uno de los elementos que determina las acciones de los personajes, que hacen equilibrios para tratar de actuar desde su  lógica y a la vez de no escapar a una normativa que impera en cada una de sus vidas, en cada una de sus decisiones.  A separation describe lo que ocurre cuando unos y otros, seres humanos con sus conflictos y problemas, tratan de (sobre)vivir enmedio de una serie de condicionantes que aquí se llaman de un modo pero que en cualquier otro lugar se llamarían de otro, y cómo ese intento se torna una pesadilla cuando se produce una situación inesperada que pone en peligro todo lo que se es y se ha logrado, sea mucho o poco. Y ese es otro de los grandes aciertos de su guión: que no hay buenos ni malos, ni nadie ni nada a quien culpar más que a los seres humanos y sus contradicciones. La película trata además temas sociales y se convierte en un arma de doble filo que analiza por un lado las contradicciones de un sistema de vida y de funcionamiento social y estamental y por otro muestra una realidad que a veces parece “tapada” por una cortina de humo de acontecimientos más superficiales pero más llamativos a nuestros ojos occidentales. Es una cinta que habla de Irán y desde Irán y que cobra sentido en ese espacio concreto, pero sería un error creer que tan solo es una historia que trata de mirar de forma crítica ese mismo espacio, porque en el fondo, la mirada es hacia el ser humano y sus contradicciones, y de eso sabemos todos bastante estemos donde estemos y vivamos en el lugar que vivamos. Un acierto total que me recordó a otra cinta de hace unos años, 4 meses, 3 semanas y 2 días (ver aquí artículo completo https://xfar.wordpress.com/2008/03/17/4-meses-tres-semanas-y-dos-dias-l%e2%80%99asfixia-de-la-narrativa-de-la-calma/), por lo que de ambas uno se lleva a casa: una sesión de cine magnífica y una reflexión en forma narrativa de una realidad muy diferente a la nuestra.

Ya instalado en el nuevo año y tras un par de ágapes orgiásticos y sodomorrianos me encuentro con la necesidad de ampliar -y explicar- un poco más mi lista de películas favoritas del año 2011. No preguntéis por qué, nuestra tradición histórica nos tiene tan embadurnados de culpa que supongo que incluso con algo tan subjetivo me siento en el -estúpido- deber de dar explicaciones de mis preferencias cinematográficas, siempre personales y para nada de valor absoluto. Sea como sea, trataré en las próximas líneas de vaciar mi recuerdo en este artículo que espero me ayude también a ordenar mis ideas en relación a esto del cine, que me tiene tan y tan fascinado.

19. El hombre de al lado

Película argentina de bajo presupuesto de inquietante y metafórica trama, que cumple con creces las  pretensiones expuestas en su guion. Un gafapástico arquitecto y su mundo aburguesado chocan con un rudo y anárquico vecino que poco a poco romperá el absurdo equilibrio conseguido por el primero a lo largo de una superficial y ya ataráxica existencia. Una mirada muy simbólica a un infierno del aburimiento y la hipocresía interpretada y dirigida con pulso firme y mucha maestría.

(artículo conpleto en: https://xfar.wordpress.com/2011/08/30/el-hombre-de-al-lado-nadie-esta-a-salvo/ )

18. The Woman

Lucky McKee (@LuckyMcKee) destroza el retrato feliz de familia americana con una historia polémica y extremadamente peligrosa en su exposición y contenido. Una mujer salvaje que campa por los bosques se convierte en la presa de un padre de familia que trata de civilizarla para mayor gloria de Dios y su entorno, de la forma que sea siempre que la convierta en un elemento de carácter doméstico y que se atenga a sus normas establecidas. Bajo esta primera capa externa se encuentra una lectura ácida y corrosiva a medio camino entre Solondtz y Haneke, con tantos detractores como seguidores en su pase en Sitges 2011. Interesante, polémica, violenta y para muchos estúpida y repulsiva. Para mí, muy interesante cuanto menos.

17. Another Earth

Una joven trata de encontrar una segunda oportunidad en una historia de redención personal con un motivo sci-fi de metáfora y simbolismo más que evidentes. En una segunda Tierra donde nuestro reflejo podría concedernos una vía de escape alternativa a nuestro recorrido vital y a nuestros errores se instala la esperanza de unos personajes perdidos en un existencialismo pesimista provocado por una vida menos que satisfactoria y cargada de dolor y sufrimiento. Cine indie de qualité que cumple y colma con creces todo aquello que puede esperarse del cine de bajo presupuesto y del entusiasmo de un director que presenta su primera historia de ficción narrativa.Hermosa, triste, melancólica y catártica.

(artículo completo en https://xfar.wordpress.com/2011/10/21/another-earth/ )

16. No Tengas Miedo

Montxo Armendáriz (@montxoarmendari) se pone su peto de director más comprometido y traza una historia de complejísima narración con una habilidad y cuidado que sorprende y gratifica a partes iguales. La historia de una joven que sufre abusos por parte de un miembro de su familia y todo su periplo vital, cargado de sufrimiento, miedo y reinserción ya no solo social sino también vital te enfrenta a un tema que en ningún momento le estalla a su realizador en la cara; al contrario, su mimo en la dirección de actores, la preproducción (y postproducción) de la película y la narración de la historia la elevan a una categoría de cinta de las que debe verse, ya no solo desde un punto de vista puramente artístico y cinematográfico -que también-. Un regalo para todos aquellos que se acerquen a ella y un motivo para abrir los ojos ante una áspera realidad que está más presente de lo que pensamos en nuestra vida diaria. No tengáis miedo, y acercaos a ella.

15. I Saw The Devil

Que el cine asiático es capaz de agitar todas nuestras referencias inmediatas en relación al séptimo arte ya lo he ido comprobando con muchas películas intertesantes desde hace ya algunos años. Y quizás sin ser más redonda que Memories Of a Murder u Old Boy, I Saw The Devil es una película que te golpea los sentidos con una fuerza que se escapa de lo puramente formal, por mucho que algunos digan lo contrario. La presentación de la violencia -seca, sin ningún tipo de concesión-, una violencia para nada lúdica y que te daña hasta resultarte en ocasiones insoportable se une a la narración de unos acontecimientos realizada bajo una mirada y un ritmo diferentes, casi extraños para el espectador que no esté acostumbrado a la mirada de esta nueva ornada de directores orientales. La caza entre gato y ratón cruel y despiadada que no te deja respirar, realizada bajo esa -para algunos- “nueva mirada” se combinan para parir este acercamiento al muchas veces atractivo abismo de la locura, la venganza, el instinto salvaje y la obsesión. Maravillosamente terrible.

14. Mientras Duermes

Que Jaume Balagueró (@jbalaguero) es un buen director de cine de género no lo dudaba ya nadie. Pero que fuera capaz de acercar ese género a un público más amplio y dignificarlo como se merece ya era algo que no estaba tan claro. Y con Mientras duermes, el realizador catalán no solo lo consigue, sino que se sitúa en una posición peligrosa por lo que a partir de ahora va a esperarse de él y sus nuevas piezas audiovisuales. En su nueva película Balagueró abandona fantasmas, infectados y sectas para adentrarse en la realidad de un enfermo psicópata misátropo plagado de frustraciones interpretado por un pluscuamperfecto Lluis Tosar, que curiosamente se encarga de la seguridad y el funcionamiento de todo un edificio. La tensión aquí no es explosiva y Balagueró nos conduce por uan historia espeluznante en una narración de tensión creciente que es la perfecta mostración de la perversidad más absoluta. Junto a Alberto Marini (@Alberto_Marini), responsable del guion y de una novela de reciente aparición basada en la historia, Balagueró, y Tosar construyen este monumento a lo retorcido de la mente humana. Brutal y Hitchcokiana.

13. The Yelow Sea 

Viendo esta película en el pasado Festival de cine fantástico de Sitges pensé que los americanos tenían un problema. Y muy gordo. Y es que si esto es un blockbuster a la coreana -como he oído por ahí- el listón está ahora tan alto que veremos cómo y quién es el guapo que se atreve a superarlo. The Yelow Sea es la película de acción más potente que un servidor ha visto en un cine (a falta de visionar la explosiva The Raid, de la que dicen traspasa todo lo imaginable), y su impronta ha quedado grabada a fuego en mi retina hasta el punto que espero que se estrene para poder repetir y comprobar si tal locura de dirección frenética lo es tanto o yo aquel  día estaba un poco flojeras y exageré su no pocas virtudes. Sea como sea, mi recuerdo es lo más parecido a una bofetada que me han dado en un cine últimamente en cuanto a ritmo y acción desenfrenada se refiere. No os la perdáis, pero sobre todo -y si finalmente puede ser- no os la perdáis en pantalla grande. Una auténtica bomba de relojería.

12. Attack The Block

El cachondeo de una pandilla basura gangsta te agarra de la mano y te sube a su montaña rusa particular en sus peleas con alienígenas con dientes color verde fosforito. Un casting de 10 se impone en una propuesta sumamente entretenida que llega donde otras entonan el quiero y no puedo. Divertidisma quintaesencia de la tontería sin más maldad que la búsqueda del entretenimiento que funciona de principio a fin. No puede verse doblada y mejor disfrutarla en compañía: el compadreo en su visionado potencia aún más sus aciertos. Incomensurable.

(articulo completo en: https://xfar.wordpress.com/2011/10/10/attack-the-block-%c2%bfsuper-8-millas/ )

11. Secuestrados

Los 12 planos secuencia que componen esta maravilla de la tensión creciente creada por Miguel Ángel Vivas (@mangelvivas) nos golpean sin piedad en una ficción de intromisión a la privacidad desde la narrativa de ficción tan bien realizada que parece mentira que no haya tenido más repercusión a todos los niveles. Y es que este realizador  pone en jaque a todo aquel espectador que se atreva a acercarse a lo que plantea su historia, sea cual sea su experiencia previa en el visionado de películas de género. Durante su pase en Sitges se escuchaba a los espectadores retorcerse en sus butacas y la incomodidad y el mal rollo que logró transmitir pocas veces he podido vivirlo en este Festival como lo viví durante los casi 90 minutos de in crescendo casi insoportable que dura el film (y hace 20 años que campo por ese bendito pueblo del Garraf en esas fechas). Poderosa, terrible y de difícil digestión, se alza gracias a un talento descomunal en la preproducción de un rompecabezas de la realización que a priori resulta ya una locura. Imprescindible para cualquier amante del cine de género. Vedla. Ya.

10. Diamond Flash

Diamond Flash trailer from Psicosoda Films on Vimeo.

Clásico inmediato de visionado difícil por su inexistente -que yo sepa- distribución cinematográfica. Busquen, comparen y si ven un artefacto mejor diseñado con menos dinero me avisan. Un Carlos Vermut (@CarlosVermut) que hace su entrada triunfal con una historia a varias bandas de una valentía como pocas veces he visto en pantalla grande. Extraña, bizarra, mágica y llena de referencias a un mundo cultural más escondido que expuesto, pide a gritos una oportunidad que la lleve al lugar que se merece. El tiempo la pondrá en su sitio, porque su acierto es toda ella, su existencia. Enorme.

(sigue en próximo post)

 

A unos minutos del comienzo de Drive las expectativas no podían ser más altas. Por un lado teníamos unas crónicas y críticas de su paso por otros festivales (como el de San Sebastián) que hablaban maravillas de ella. Por otro lado, todo apuntaba a que como espectadores volvíamos a recuperar a un actor al que hacía algún tiempo habíamos perdido la pista: un Ryan Gosling que nos mostró de lo que era capaz en películas como The believer (Henry Bean, 2001) o la sobresaliente Half Nelson (Ryan Fleck, 2006). Todo apuntaba a que nos encontrábamos ante una película que además de esperada debía estar por encima de la media en el marco de un festival, el de Sitges, en el que el fomento del entusiasmo es el pan suyo de cada día.

Y de vez en cuando ocurre, y una película no decepciona. Drive te emociona, conmueve, impacta y entristece dentro de una estructura narrativa clásica y efectiva marcada por una serie de condicionantes que la elevan al séptimo cielo del mundo del cine. Su impacto es tal que cuando termina todavía no tienes claro cuál es el aspecto o los aspectos que te han llevado a recibir una impresión tan salvaje. La certeza de que acabas de asistir a la construcción de un clásico que perdurará en nuestra memoria colectiva durante mucho tiempo es tan clara y merdiana que sales de la sala herido de satisfacción, emocionado al comprobar cómo una película puede llegar a transportarte a tantos lugares emocionales distintos. En sus casi dos horas de duración Drive te ha regalado un mosaico de sensaciones como pocas películas son capaces de ofrecer y te ha mostrado un sinfín de posibilidades de análisis distintos -estético, argumental, simbólico, puramente cinematográfico… – tan rico que parece mentira que en una sola película quepa tanto acierto.

Drive nos cuenta una historia que a su vez son muchas, todas con un desarrollo y desenlace clásicos en sus subtramas. Cada aspecto que queda abierto argumentalmente se cierra con habilidad y de forma que se abren un sinfín de lecturas  que llenan de matices lo que se acaba de presenciar. Finales de subtrama que se cierran a cal y canto pero que a la vez abren múltiples lecturas de significación, algunas de carácter moral, otras de carácter puramente artístico o estético. Y curiosamente todo lo que nos cuenta la película es tan manido que puede resultar ridículo: un personaje de pasado casi desconocido y con una pesada carga vital a sus espaldas se presta a mostrarnos un desarrollo emocional que va de lo más frío -congelado- a lo más cálido; ése es el recurso argumental inicial que dibuja una historia que se intuye oscura y de clara redención personal desde prácticamente su inicio. Lo que muchas otras películas ofrecen, vamos. Pero en este caso los aciertos empiezan ya desde el casting -no me imagino otro actor haciendo lo que Gosling hace con su personaje- para llegar a lo sublime en la composición de los matices y colores del protagonista en un guión que trabaja sobre la delgada línea que separa el acierto del ridículo.

El personaje que interpreta Ryan Gosling trabaja en un taller  de coches -regentado por un jefe que interpreta hábilmente Bryan Cranston, y alterna ese oficio con otras dos fuentes de ingresos. En la primera, legal y pública, trabaja como un reputadísimo especialista de cine que conduce coches  en las escenas de riesgo. En la segunda, mucho más comprometida pero más lucrativa, actúa como vía de escape de ladrones y atracadores de bancos poniéndolos a salvo con su impecable habilidad como conductor de alto voltaje. En todas ellas vive una vida más bien silenciosa y solitaria hasta que su relación con una vecina (Carey Mulligan) y su hijo y la amistad que va construyendo con su jefe del taller ponen en jaque todo el aparente equilibrio conseguido en su complicada vida.

Hay una evidencia muy clara en Drive, y es que el personaje camina por senderos morales peligrosos y por lo tanto debía alcanzar un grado de  empatía  emocional con el espectador para acompañar al personaje sin censurarlo, creyendo en sus motivaciones, simpatizando con sus acciones y sin preguntarse los cómos ni los porqués  de las mismas. Esa empatía era necesaria y  difícil de alcanzar porque es una interpretación parca en palabras, con un transmisor único de su subjetividad, su mirada, a la que la  cámara le dedica intensísimos y cercanos planos. Una mirada así solo podía sostenerla alguien como Gosling. No se me ocurre a nadie con una mayor capacidad para comunicar emoción y melancolía que él, que en el pasado ya fue capaz de firmar un par de escenas cumbres sin pronunciar una sola palabra con su alter ego en Half Nelson. Con esa baza y el entendimiento absoluto entre lo que deseaba conseguir el realizador y el talento del actor a su servicio, esa comunicación necesaria con el interior del personaje se da desde los primeros instantes y de forma más que contundente.

Por todo esto Drive es una película de actor sobresaliente, pero que además regala otras cosas al espectador más exigente. La acción adrenalítica y el pulso acelarado que logra en sus segundo y tercer actos es mérito de una primera hora de manual, de una contención y de un ritmo pausado que limita peligrosamente con el tedio y el desencanto. Toda esa parte inicial está intencionadamente dirigida a presentar al personaje con el que vamos a caminar por el lado más salvaje, y su pausa solo existe como mostración de su personalidad y como contraste al ritmo que después se encontrará el espectador, que a esas alturas piensa que el discurrir de la cinta no va a llevarle por caminos muy diferentes al visto hasta ese momento. Craso error: en un acto final que eleva a toda la película a la altura de una tragedia digna del personaje más romántico que se ha creado últimamente en el cine, el espectador queda a merced de sus emociones y de aquella empatía construida silencio a silencio, mirada a mirada. Si a esto se le añaden unos aspectos estéticos que no solo adornan la trama y al personaje sino que lo llevan más allá de lo que serían sus supuestas intenciones la imagen acaba convirtiéndose en algo hipnótico de lo que es francamente complicado escapar. La ciudad y su nocturnidad, los coches, el pensamiento plasmado en el lento discurrir de los acontecimientos y en la mirada de los personajes, la chupa amarilla con el escorpión descontextualizada y cargada de estética vintage (y de significación por lo letal de su propietario), las luces de los automóviles… todo acaba combinándose para golpear los sentidos en un cóctel explosivo perfectamente controlado y mejor dirigido. Y la fascinación que produce en lo sensitivo es el segundo gran triunfo de la película, a la que además le acompaña una banda sonora de los 80 que parece que acompañe a una película de los 70  hecha en nuestro nuevo milenio.

Y al final, un desenlace que potencia más el global de la cinta, por lo inesperado, duro y salvaje pero también por la coherencia con lo que se ha estado viendo. En todo su tramo último asistimos alucinados a la desesperación de unos personajes al borde del existencialismo que actúan desde las tripas y del instinto, y se produce el triunfo final de la ambigua lectura moral que ya se produjo de un modo parecido en una obra maestra como Taxi Driver, una película en la que no dejaba de pensar cuando salí de la proyección de Driver. Y si me atrevo a hacer esta comparación es porque creo sinceramente que como aquélla, esta Driver va a ser elevada a la categoría de película de culto por muchos de sus espectadores, entre los cuales me incluyo.

De vez en cuando ocurre. Que el cine te regala algo que va más allá que dos horas de entretenimiento, incluso más que dos horas de entretenimiento inteligente. A veces parece que todo se conjugue adecuadamente para lograr que una película te haga sumamente feliz y vuelvas a darte cuenta de lo que puede llegar a ser el cine y lo que puede proporcionarte. Disfrutad de Drive los que no la hayáis visto cuando se estrene y procurad no perdérosla porque estamos ante un clásico del cine contemporáneo. Ante una de las películas de la década. Al tiempo.

John Carpenter es un genio. Y como tal, propuso en 1982 una película genial, de recuerdo imperecedero entre los aficionados del cine de género y del buen cine en general. En aquella película, The Thing, que ya tenía su referente en la anterior El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), algo que no debemos olvidar, se volcaban elementos de puro cine de terror y ciencia ficción pero en un tono de reflexión, en una época en la que se vivía la tensión de la guerra fría. De hecho tal mirada desde el fantástico no era nueva, ya que en films como La invasión de los ultracuerpos (cualquiera de sus versiones) ya circulaba entre los personajes la paranoia, el miedo al otro, el terror a la delación y a descubrir que lo más cercano puede convertirse en la amenaza más temida. Un miedo escrito a fuego en el ADN de la historia americana y que provenía de casos como el macarthismo.

Nada nuevo, o eso parecía, podía aportar esa segunda versión de la película. Pero The thing era mucho más de lo que simplemente aparentaba. Primero porque nos volvía a descubrir a un realizador que nos hacía una clase magistral –nuevamente- sobre la puesta en escena, y segundo porque su película, por todo lo dicho antes y por el tratamiento y el cuidado de sus escenas, acabaría siendo un clásico que incluso hoy, 29 años más tarde, vuelve a revisarse. De lo que podía haber sido anecdótico Carpenter forjó una película de culto, que bajo sus diversas capas de significado, más profundas que la puramente fantàstica, acabaría conviertiéndose en algo mucho más importante que una película de sustos, palomitas y cine de barrio.

Así las cosas la llegada del nuevo remake sobre The thing, el tercero, volvía a priori a resultar aparentemente innecesario, y más aún si se tiene en cuenta la maravilla que fue y es su predecesora. Cualquier aficionado más o menos comprometido podía ver en tal revisión una pérdida de tiempo y además suponía que podía quedar manchado el status de la película previa. A todo esto se sumaba la sensación de falta de ideas nuevas, sobre todo en un género, el fantástico, que puede acabar deambulando fácilmente por lugares comunes sin ni pizca de originalidad.

Por otro lado, un remake podía resultar para el aficionado más entusiasta una forma de reivindicar y dar a conocer una película antigua y gloriosa a través de una nueva versión. Si no resultaba un fiasco, como había sido el caso de cintas como El amanecer de los muertos de Snyder (versionando la maravillosa Zombie de Romero), Las colinas tienen ojos, de Aja (que incluso superaba la firmada por Craven), o el personalísimo y acongojante Hallloween de Rob Zombie (curiosamente mirando de nuevo a Carpenter) podía ocurrir que la nueva película abriera un vía nueva en una historia ya conocida pero desde nuevos puntos de vista, algo que siempre podía resultar enriquecedor. Todo podía pasar.

Y el resultado final es lo que se ha llamado precuela de una película que se ha hecho con la voluntad de pasar un buen rato, plagada de unos efectos especiales fabulosos, muy en la línea digital actual, y con un ritmo que agradará sin duda mucho más a ciertos espectadores, ávidos de que ocurran muchas cosas y muy espectaculares. Ha ocurrido que se desarrolla una historia idéntica sin caer en el aburrimiento y sin dejar respirar al espectador. Lo que ha acabado pasando es que se ha creado una gran película de acción, aventura y terror de consumo fácil y que divierte, inquieta y seduce a partes iguales. Todo ello a costa de algo, del elemento más significativo de la película original, la paranoia de los personajes.

En la película de Carpenter daba miedo el ser, el monstruo, sí. Pero hoy día ese bichejo ha quedado obsoleto visualmente hablando y sin embargo la película ha resistido igual el paso del tiempo. Y lo ha hecho porque lo que en ella se narró no hablaba solo de un monstruo del espacio exterior, sino del monstruo que todos llevamos dentro, el que de verdad daba miedo en la película, pero en una suerte de metáfora a la inversa que te ponía los pelos de punta. Escenas como la de los análisis de sangre, los debates entre los personajes dando sus razones para llevar a a la confianza del grupo, o la secuencia final –TREMEBUNDA- llena de ironía y de unos matices y una desesperación de carácter casi trágico dejan paso ahora a un espectáculo visual mucho más competente en ese sentido pero que está vacío de contenido. Y eso no tiene porque ser malo, ya que una de las funciones del cine es divertir. Pero desde luego cuando se revisa una obra maestra como es The Thing, y se hace, además, desde la nostalgia, no es para nada plato de buen gusto.

Diría entonces que la nueva The Thing no es una película interesante? Depende de la mirada y de lo que esperes de ella. Si quieres verla como un entretenimiento puro y duro te entretendrá y pasarás un buen –o mal, como se mire- rato viéndola. Saltarás de butaca, sudarás con los personajes y se te helará el corazón en muchas de sus escenas. Con esa mirada la película no solo es recomendable, sino de visionado obligado. Ahora bien, si lo que se espera es algo parecido a la antigua The Thing la cosa cambia, y mucho. Si tu idea es volver a ver a Carpenter y disfrutar de otro tipo de sufrimiento, no la recomendaría.

Ya hablé en algún post anterior de la maldita nostalgia. Y de ahí que no quiera repetirme, pero es evidente que debemos olvidarnos de ella si vamos a revisar un remake como éste, o como la mayoría de los últimos que se han producido. Si esperamos ver la misma película nos estamos equivocando, así que la condición es dejarse llevar, olvidarse de los años dorados y disfrutar con el nuevo producto. Así, sí vale la pena la nueva The Thing, y mucho más que muchos remakes actuales.

Pero claro, para ello hay que olvidarse de John Carpenter

Sumidos en un momento histórico complejo, ruin y a veces perverso, en el que las segundas oportunidades son escasas y la hostilidad del día a día se lleva la esperanza con los pies por delante, el cine puede armarse de significado y resultar un enunciado de caràcter puramente informativo (caso de lecturas como la de Inside Job), crítico (la propia Inside Job en su poderosa doble vertiente o las películas de realizadores como Ken Loach) o catártico, como en el caso que nos ocupa.

Another Earth es una película nacida con la voluntad de contar una historia sencilla vehiculada por un acontecimiento fantástico, un leitmotiv puramente metafórico que al final resulta ser determinante para poder comprender la intención de su creador: el de disfrutar de esas mencionadas segundas oportunidades. Y Hablamos de catarsis porque con su visionado volvemos a creer que es posiblehacer las paces con uno mismo y con tus errores por muy graves que estos sean. También es catàrtica porque es esperanzadora ya que nos muestra la otra cara posible de una realidad, la nuestra, como una suerte de cara oculta de la luna que en este caso esconde la posibilidad de reconstruir lo destruido por nuestras acciones.

El desencadenante de los acontecimientos que se narran en Another Earth es un accidente de coche y la muerte de un personaje, una muerte injusta provocada por la inconsciencia de la juventud. Y es una injusticia que es bidireccional: un personaje muere trágicamente y el otro, la protagonista –una más que excelente Brit Marlingen el papel de Rhoda– deberá vivir con una pesada mochila a sus espaldas. Merecida o immerecidamente –la película no transita por los caminos de los juicios morales- la vida de Rhoda queda condicionada hasta que decide tratar de equilibrar su estado de las cosas con la ayuda inesperada de un elemento puramente azaroso y casi mágico que actuará de un modo práctico en lo narrativo y de modo simbólico en una lectura más profunda, ya como espectadores. Es esa otra Tierra que aparece, en la que se dibuja la esperanza, en la que todos podrían encontrar una respuesta frente a lo que resulta incomprensible e injusto. Una Tierra que descubrirá el reflejo de lo que podría haber sido y no fue, el espejo en el que todos nos gustaría vernos reflejados. Que promete lo que por desgracia la realidad no puede prometernos y que puede acabar de golpe con la culpa, la peor carga que puede soportar un ser humano.

Another Earth es una película independiente, y lo es de verdad. Sin conocer los números que avalaron su producción podemos intuir que no es una película cara para las cifras que se barajan en el cine estadounidense, incluso en el de menor presupuesto. Sin embargo, la envergadura de la película es enorme por lo que trata y por cómo lo trata. No es pedante -y podría resultarlo- porque no naufraga en lo simbólico. Es creíble y verosímil cuando podría convertirse en una auténtica fantasía y no cae en los tópicos pese a contar todo lo dicho y aderezarlo además con una historia de amor tormentosa, un recorrido que mal llevado sería terreno abonado para el tópico más irritante. Por todo ello hablamos de una pieza cuyo realizador, Mike Cahill, probablemente ha podido controlar hasta moldearla con éxito y para contar única y exclusivamente lo que ha querido, ni más ni menos. Su estética casual de cámara al hombro en la mayor parte del metraje concede a todo el conjunto un aspecto desaliñado que te concentra todavía más en lo que se está contando y que remarcan aún más los instantes más mágicos de la cinta, con la “otra Tierra” enmarcada en la profundidad de plano.

Con unas interpretaciones magistrales por contenidas y sinceras, Another Earth levanta el vuelo desde la primera secuencia hasta la última con competencia y en un in crescendo marcado por lo que se narra y no tanto por el cómo, algo que no es tan habitual como debería. Su poesía radica en la sencillez de lo que propone para explicar algo que de sencillo no tiene nada, una historia de caídas y redenciones , y lo hace desnuda de artificio y contando solo con los elementos básicos de toda buena película: una buena historia, unas buenas interpretaciones y el talento de un director de orquestra que fusiona ambas cosas de forma competente. Una película, en definitiva, en la que el buen gusto campa a sus anchas. Imprescindible.

Los minutos iniciales de la película de Maíllo, Eva, son tan prometedores que piensas que estás ante una de esas cintas de sci-fi tan buenas, las que logran trascender el tiempo. Una de esas que se pueden convertir en un clásico y que incluso superan la tiranía de las estéticas. No un Blade Runner -eso será siempre altamente improbable- pero sí, por qué no, una Gattacca o un Code-46. Salvando siempre las distancias, claro.

En una primera parte alejada de las pretensiones que suelen acompañar a este género, Eva se mueve en un territorio en el que fácilmente se puede caer en el ridículo, pero lo hace con éxito: el espectador asiste a una de las mejores sesiones de cine fantástico y de ciencia ficción de calidad que ha dado el cine de este país en toda su historia. Un magistral Lluis Homar dando vida -de forma irónicamente paradójica- a un humano creado artificialmente, arrasa en las escenas en las que aparece junto a Daniel Brühl (que está más que correcto en su papel protagonista) y solo le hace sombra la niña protagonista , una Claudia Vega fabulosa y un gato robótico que a pesar de estar creado digitalmente sostiene unos auténticos tour de force interpretativos con su homólogo humanoide-Homar. Hasta aquí todo bien.

El problema se presenta en la aparente subtrama -la relación entre Brülh, Etura i Ammann- que acaba siendo trama con mayúsculas y no está a la altura de las expectativas creadas inicialmente. Y no es que no sean interesantes los dibujos que se hace de los protagonistas o las relaciones que se dan entre ellos… Simplemente están por debajo de una propuesta que parecía llevar una dirección menos melodramática -y sobre todo menos pretenciosa, atención a la arte final del film y su innecesario epílogo- y que apostaba fuerte por dejarse llevar por el género sin caer en los lugares comunes de siempre.

Eva gusta, y gusta porque es valiente. Tiene una producción detrás de “grande” y si con ella se querían demostrar una serie de cosas -como la falta de pudor de un nuevo cine español o la capacidad y talento de los nuevos realizadores de este país- llega a buen puerto, pero en lo narrativo y sustancial -su historia- por desgracia se pierde a medio camino. Aún así creo que debe verse: seguro que es un antes y un después a muchos niveles.

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