personal


Desde la insoportable levedad de un ser llamado Brandon, los bucles y círculos concéntricos de una vida atormentada se suceden uno tras otro en una de las grandes películas que han inaugurado mi año cinematográfico particular en la lectura de una partitura particularmente descarnada.

Mi conexión con Shame en el cine fue muy rápida. El primer plano de la película ya me declaró públicamente su amor envuelto en la frialdad azul de una preciosa fotografía que iba a repetirse durante todo el metraje. Y en seguida el primer bucle, el primer gran círculo mostraba la angustia que querían comporatir Fassbender y McQueen con el patio de butacas. En el recorrido absurdo de la cama al contestador automático, en la repetición de las palabras anodinas de la emisora del mensaje telefónico, en la decisión de cada uno de los tiros de cámara que acompañaban a un desnudo Brandon reconstruyendo su tortuosa rutina diaria.

Los bucles continuaban. Una preciosa escena en el metro de Nueva York me advertía del talento del que había orquestado aquella peligrosa ratonera. La asfixia comenzaba a hacerse explícita en cada (no) decisión del personaje principal. En cada gesto, en cada mirada. En cada una de sus sonrisas rota  Fassbender/Brandon se hacía con mi compasión poco a poco, como un animal que comunica sin hablar su necesidad de auxilio. Todo se desarrollaba en un marco de perfección formal que a algunos les alejaba de la historia… mientras que a mí, y también a otros muchos, nos acercaba cada vez más. Hasta que no podíamos escapar de ella. Hasta que el extremo de ese segundo círculo del infierno terminó alcanzándose a sí mismo al final de la película, cerrando así una historia plagada de huidas infructuosas.

De repente reparé en la música. En un primer visionado me pareció escuchar a Bach en varias ocasiones, y en los créditos me percaté de la participación de Glenn Gould y sonreí. Otro bucle. En un segundo visionado advertí que Brandon escucha compulsivamente y en sus momentos más desazonadores las composiciones de este pianista, atrapándolo y transportándolo a una fantasía sonora que acompaña a una realidad evidente que no permite la huida. Y es en la escena en la que Brandon escapa de su casa -y de su hermana- donde queda  más clara tal evidencia: el personaje corre en un plano secuencia falso y la cámara  acompaña y muestra cómo su carrera no le llevará a ningún lugar concreto, como si corriese en una rueda giratoria de ratón de laboratorio. De hecho volverá al mismo lugar del que salió huyendo, dejando claro que no podrá huir por mucho que lo desee. Esa escena, sublime, es el cuarto bucle que fui capaz de reconocer y que me iba envolviendo cada vez más en el infierno del personaje. La música, brillante en su uso y adecuación al tempo de lo que se narra, que se convierte en otro elemento de alto alcance para herir al espectador en lo emocional.

Más simbólicamente, Brandon aparece en sucesivas ocasiones de espaldas -sobre todo en las conversaciones frustrantes con su hermana o en los momentos en que se complica la comunicación o hay un malentendido, como en el restaurante con su compañera de trabajo-, y en algunas de esas ocasiones con la cabeza baja. Desde atrás, aparece sin cabeza. Brandon está decapitado en muchos planos y se  demuestra una intencionalidad en el diseño de la puesta en escena que sería muy injusto no reconocerle como mérito -entre muchos otros- al director de la película. El personaje solo sabe actuar impulsado por su adicción , angustia y desesperación y no razona conscientemente sus acciones y todo queda perfectamente reflejado en cada decisión del McQueen en cuanto a lo que muestra y no muestra en pantalla. Nada está en manos del azar y todo funciona como un mecanismo milimétricamente construido para la mostración de lo que en la historia está siempre latente: la desesperación y la incontinencia del impulso.

Tres largos planos secuencia -o casi- terminan por rematar esta intencionalidad: el primero, la PLUSCUAMPERFECTA interpretación de Carey Mulligan del New York New York que consigue trasladar emocionalmente al espectador al lugar más cercano posible de Brandon. Una escena que quedará para siempre registrada en mi disco duro y que casi logra arrancarme las lágrimas en las dos ocasiones en las que la he presenciado. McQueen te coloca con ella en el clímax de la empatía con su atormentado personaje y te anuncia que lo que te queda por comtemplar va a golpearte muy duro.

El segundo, la conversación entre la compañera de trabajo de Brandon y él en el restaurante, cuando éste trata de buscar un acercamiento  más convencional y pausado con una mujer y se pone de manifiesto que es un terreno estéril, desconocido y doloroso para él. Una conversación hábilmente interrumpida en un guion inteligentísimo por un camarero que parece nacido para poner las cosas todavía más difíciles. Tal conversación termina con un encuentro sexual fallido posterior que iniciará una caída progresiva del personaje al estómago de sus problemas que le acabará prácticamente digeriendo.

El tercero, la terrible conversación entre los dos hermanos que asalvaja y muestra una relación infectada, por parte de él por su falta de control sobre sus impulsos -aterradora la reacción de Brandon cuando su hermana se le acerca demasiado en la cama o lo descubre masturbándose- y por parte de ella por su imposibilidad de autogestionar su propia vida y exigir y demandar un afecto que precisamente Brandon no puede ofrecerle porque no sabe cómo hacerlo. Y menos sin utilizar la única forma que conoce para lograrlo.

Y es en este punto donde está el drama de la película. Porque la historia de Shame no es una historia de sexo, o no lo es solo de sexo. Tampoco de una adicción concreta, porque podría ser cualquier adicción. Es la historia de una incapacidad, la de un ser castrado emocionalmente para relacionarse de forma plena y satisfactoria. Es la historia de alguien que no puede escapar de tal incapacidad y que ha sustituido el placer por el dolor a través del supuesto placer. El sexo y el uso que de él hace el personaje vehicula la historia que McQueen nos cuenta pero sería muy necio creer que al final la historia “va” de eso, o que nos sermonea moralmente en ese sentido. Y lo sería porque en incontables momentos vemos claramente que su uso del sexo no está controlado, y que tan solo existe para calmar la incapacidad  y el dolor que el personaje siente. Así que da un poco igual la adicción que sea; podría ser el juego, la cocaína o la politoxicomanía. Aquí es el sexo. Pero nada más.

La caída final progresiva de Brandon para muchos es criticable. No para mí. Brandon se abandona porque su frustración le lleva a la autodestrucción, y eso se observa claramente en el bar, en lo que pienso es la escena más dura, inteligente, arriesgada y potente de la película. El personaje se castiga hasta el extremo y su actuación tiene que ver con eso. Todo lo que sucede en esos 15/20 minutos es un paseo por el dolor  y la humillación personal del personaje pero no por las prácticas a las que Brandon decide abandonarse, sino por el propio abandono y la incapacidad que tiene de controlarse como lo haría un yonqui de cualquier otra adicción que sufriera. Brandon siente vergüenza por ser incapaz de vivir una vida normal y fingir constantemente que la vive. Por no poder ayudar a su hermana. Por no poder relacionarse con nadie. Por no poder cuidar de sí mismo. La vergüenza por no estar “conectado” (como le recuerda un personaje en un momento clave de la película)  tal y como cualquier ser humano debería estar capacitado para estarlo con otro o con su entorno. Quienes se escandalizan por un lado o critican ese tramo final por otro tendrán sus motivos, pero pienso que se alejan de la verdadera intención de la película que es mostrar el descenso a los infiernos de un adicto a la autodestrucción que quiere pero no sabe -ni parece poder- abandonar la rueda gigante y sin escapatoria en la que se ha convertido su vida. Lo que sucede en Shame es consecuencia de la adicción, no del uso del sexo que Brandon haga. No escandaliza, en la película, que se lo monte con una, dos, tres o ciento cincuenta mujeres. Ni que se la casque cada mañana tres veces. Ni que tenga tanta pornografia en casa que le sea difícil esconderla. Escandaliza el dolor y la humillación que el personaje sufre por ser incapaz de controlar conscientemente su práctica convirtiéndolo en un títere de sus impulsos. Todo lo que le ocurre a Brandon acaba siendo consecuencia de la adicción y no del sexo -de la índole que sea-, y ver otra cosa me resulta un tanto superficial. Es quedarse en #elpenedeFasbender , como corre el hashtag ya hace unos días por Twitter. O pensar que porque un acto dramático final se desencadene en el momento álgido del comportantamiento autodestructivo de Brandon, éste sea causa del primero. Y es absurdo porque en un plano se explica claramente que aquello iba a volver a repetirse -último bucle- y por lo tanto no es -solo- responsabilidad del personaje. Y también porque la mirada final de Brandon en el metro no se intuye que haya o deje de haber ningún tipo de cambio en su actitud debido a ese hecho, y tal corrección si se diera en la realidad requeriría de un proceso mucho más largo y complejo. En una adicción, un hecho puntual no “cura”, por muy dramático que éste fuera y decir lo contrario es no conocer las adicciones y lo que comportan, y en mi opinión no haber entendido absolutamente nada. Pero es solo mi opinión.

Y no se puede terminar un comentario de esta película sin hablar de Michael Fassebender. ¿Existiría esta película sin él? No lo sé. Probablemente, pero sería distinta. El atrevimiento de este actor, en pleno auge de su carrera, a interpretar a Brandon y su problemática por un lado y su acierto descomunal al hacerlo por otro definen a un tipo del que desde luego vamos a oír hablar y mucho. Su interpretación es una de las más grandiosas y aterradoras que he podido ver en una película y no era fácil porque era mucho lo que se jugaba y a priori parecía que podía perder más que ganar. Será difícil ver otra demostración interpretativa de tal calibre en mucho tiempo -aunque espero equivocarme- del mismo modo que dudo que se me olvide jamás la mirada (casi a cámara) de Fassbender en el momento de clímax del último de sus encuentros sexuales, que por su desgarro no logra romper la suspensión de incredulidad pese a mirar directamente a los ojos de los espctadores. Literamente pidiendo ayuda con su mirada y con su cara, grotesca y casi deformada, consiguió -aquí sí- que se me escaparan un par de lágrimas por todo el sufrimiento que me había hecho pasar hasta el momento con su torturado personaje.

@xfar1

Quisiera añadir al ranking de películas del 2011 tres joyas que por diferentes motivos no mencioné abiertamente en los anteriores artículos del blog. Evitaré darles un número para no tener que modificar lo que ya está escrito, y por lo tanto que cada cual las sitúe en el lugar que crea que se merecen.

 

L’Illusionniste

 

Película de animación basada en un guion del mismísimo Jacques Tati que al parecer había escrito para su propia hija, y que por diferentes causas nunca pudo llegar a rodar. Realizada por los responsables (sobre todo Sylvain Chomet) de otra maravilla llamada Les Triplettes de Belleville la película se erige como un verdadero homenaje al genial actor y director francés, a sus gestos, a su mirada y ante todo a su capacidad para arrancar al mismo tiempo la risa y la emoción al espectador más frío y exigente. Su historia, la de un mago en declive que recorre el mundo tratando de ganarse la vida con  un espectáculo anacrónico para los tiempos en los que discurren los acontecimientos, y su relación con una joven soñadora y las gentes de una variopinta región escocesa se usa aquí como excusa para resucitar al verdadero mago -del cine- que fue el creador de obras como Mon Oncle o Play Time. Bendecida por la propia familia de Tati, que inicialmente no veía con demasiado buenos ojos el proyecto, la obra despierta la ternura y la complicidad del espectador en un casi constante silencio, del mismo modo que lo conseguía el propio Tati con sus películas con actores reales. Artesanal en su (re)creación e ingenua pero certera en su intención, este film logró emocionarme como el que más en este 2011 por su amplio repertorio de momentos mágicos y enternecedores sin nunca jamás caer ni en la vulgaridad ni en el sentimentalismo barato. Perdérsela es una auténtico crimen, igual que pensar que por ser una cinta animada tiene menos valor que cualquier otra. La orfebrería y la arquitectura manual se imponen en la sorpresa más preciosa de la temporada, y planta cara a la mejor de las películas de Pixar. Contempladla, disfrutadla… y ya diréis.

 

 

Animal Kingdom

(no mencionada en los anteriores posts porque creía que era del 2010 y porque no la vi en el cine)

 

 



 

 

 

 

 

Animal Kingdom es una bala disparada al estómago de la incomodidad, y constituye un retrato terrible y despiadado de una familia (des)estructurada en torno al crimen y a la influencia de varios de sus miembros. Las bestias salavajes que campan por el relato de sus acciones, devoradoras de cualquier indicio de humanidad que ponga en peligro los mandamientos que rigen su código de conducta, entran en crisis por la participación en sus acciones de un elemento interno que desvaloriza y debilita el poder adquirido con los años por la manada y sus dos líderes: una madre de una maldad casi hipnótica que solo puede actuar desde un mal que ya no controla  y uno de sus hijos, el más terrible criminal que ya actúa como cabeza de familia. Ambos personajes completan una de las parejas más inquietantes y enloquecidas vistas este año siempre desde la contención y la sobriedad del trabajo de los actores que les insuflan vida. En el desarrollo de los acontecimientos, ambos personajes se esmerarán para mantener el equlibrio de una situación ya desequilibrada que pondrá en jaque toda la arquitectura de semejante tela de araña de la maldad creada por todos durante años y años desde la podredumbre y la insalubridad más perversa. El enfrentamiento entre ellos y aquel elemento -distorsionador- y la capacidad del director de la cinta se unen para transmitirnos el mal rollo más enfermizo y desesperanzador que uno se pueda imaginar. Sin grandes aspavientos, ni necesitada de un ritmo frenético o de una exageración en las interpretaciones, Animal Kingdom se consagra y eleva a su responsable, el australiano David Michôd a los altares del cine con una película que no se olvida fácilmente. Tremenda, dura y poco recomendable si se quiere disfrutar de una velada agradable, a no ser que seas un devorador de cine sin concesiones. Salida de las entrañas del resentimiento y de lo retorcido de sus personajes, debe verse más de una vez para apreciar todos los matices que encierra. Quizás la película que más duro me ha impactado en todo el año.

 

 

A separation (Nader & Simin)

(no mencionada porque no la había visto aún)

 

 

 

 

 

 

 

 

Una maravillosa experiencia cinematográfica no tiene porque estar separada de una satisfactoria transmisión de valores o ideas, del mismo modo que ese hecho no tiene porque dar como resultado una obra moralista o maniqueísta. Es el caso de la película de Asghar Farhadi, A separation, que logra esa comunicación y además da un golpe sobre la mesa ante los prejuicios que pueden llevar al público a no ir al cine por tratarse de una película alejada inicialmente de nuestra experiencia cinematográfica por su lugar de origen. La ganadora del oso de oro a la mejor película  y de los osos de plata a las interpretaciones masculina y femenina de la Berlinale del 2011 construye a través de un relato cinematográfico narrado de la forma más clásica un artefacto demoledor que patea inmisericorde todos los preceptos de la cultura, la religión musulmana y sus preceptos contradictorios, el conservadurismo, la intolerancia y  la división de clases iraníes pero nunca tan solo desde la condena, sino desde la reflexión. La incapacidad para poder escapar al blanco o negro -sin matices- de las acciones de los personajes durante la película exaspera al espectador que se pregunta por qué no pueden detenerse los acontecimientos y sus protagonistas para reflexionar sobre lo acontecido y buscar la solución más tácita y racional. El miedo, el terror a la equivocación y al castigo moral y divino es aquí uno de los elementos que determina las acciones de los personajes, que hacen equilibrios para tratar de actuar desde su  lógica y a la vez de no escapar a una normativa que impera en cada una de sus vidas, en cada una de sus decisiones.  A separation describe lo que ocurre cuando unos y otros, seres humanos con sus conflictos y problemas, tratan de (sobre)vivir enmedio de una serie de condicionantes que aquí se llaman de un modo pero que en cualquier otro lugar se llamarían de otro, y cómo ese intento se torna una pesadilla cuando se produce una situación inesperada que pone en peligro todo lo que se es y se ha logrado, sea mucho o poco. Y ese es otro de los grandes aciertos de su guión: que no hay buenos ni malos, ni nadie ni nada a quien culpar más que a los seres humanos y sus contradicciones. La película trata además temas sociales y se convierte en un arma de doble filo que analiza por un lado las contradicciones de un sistema de vida y de funcionamiento social y estamental y por otro muestra una realidad que a veces parece “tapada” por una cortina de humo de acontecimientos más superficiales pero más llamativos a nuestros ojos occidentales. Es una cinta que habla de Irán y desde Irán y que cobra sentido en ese espacio concreto, pero sería un error creer que tan solo es una historia que trata de mirar de forma crítica ese mismo espacio, porque en el fondo, la mirada es hacia el ser humano y sus contradicciones, y de eso sabemos todos bastante estemos donde estemos y vivamos en el lugar que vivamos. Un acierto total que me recordó a otra cinta de hace unos años, 4 meses, 3 semanas y 2 días (ver aquí artículo completo https://xfar.wordpress.com/2008/03/17/4-meses-tres-semanas-y-dos-dias-l%e2%80%99asfixia-de-la-narrativa-de-la-calma/), por lo que de ambas uno se lleva a casa: una sesión de cine magnífica y una reflexión en forma narrativa de una realidad muy diferente a la nuestra.

Ya instalado en el nuevo año y tras un par de ágapes orgiásticos y sodomorrianos me encuentro con la necesidad de ampliar -y explicar- un poco más mi lista de películas favoritas del año 2011. No preguntéis por qué, nuestra tradición histórica nos tiene tan embadurnados de culpa que supongo que incluso con algo tan subjetivo me siento en el -estúpido- deber de dar explicaciones de mis preferencias cinematográficas, siempre personales y para nada de valor absoluto. Sea como sea, trataré en las próximas líneas de vaciar mi recuerdo en este artículo que espero me ayude también a ordenar mis ideas en relación a esto del cine, que me tiene tan y tan fascinado.

19. El hombre de al lado

Película argentina de bajo presupuesto de inquietante y metafórica trama, que cumple con creces las  pretensiones expuestas en su guion. Un gafapástico arquitecto y su mundo aburguesado chocan con un rudo y anárquico vecino que poco a poco romperá el absurdo equilibrio conseguido por el primero a lo largo de una superficial y ya ataráxica existencia. Una mirada muy simbólica a un infierno del aburimiento y la hipocresía interpretada y dirigida con pulso firme y mucha maestría.

(artículo conpleto en: https://xfar.wordpress.com/2011/08/30/el-hombre-de-al-lado-nadie-esta-a-salvo/ )

18. The Woman

Lucky McKee (@LuckyMcKee) destroza el retrato feliz de familia americana con una historia polémica y extremadamente peligrosa en su exposición y contenido. Una mujer salvaje que campa por los bosques se convierte en la presa de un padre de familia que trata de civilizarla para mayor gloria de Dios y su entorno, de la forma que sea siempre que la convierta en un elemento de carácter doméstico y que se atenga a sus normas establecidas. Bajo esta primera capa externa se encuentra una lectura ácida y corrosiva a medio camino entre Solondtz y Haneke, con tantos detractores como seguidores en su pase en Sitges 2011. Interesante, polémica, violenta y para muchos estúpida y repulsiva. Para mí, muy interesante cuanto menos.

17. Another Earth

Una joven trata de encontrar una segunda oportunidad en una historia de redención personal con un motivo sci-fi de metáfora y simbolismo más que evidentes. En una segunda Tierra donde nuestro reflejo podría concedernos una vía de escape alternativa a nuestro recorrido vital y a nuestros errores se instala la esperanza de unos personajes perdidos en un existencialismo pesimista provocado por una vida menos que satisfactoria y cargada de dolor y sufrimiento. Cine indie de qualité que cumple y colma con creces todo aquello que puede esperarse del cine de bajo presupuesto y del entusiasmo de un director que presenta su primera historia de ficción narrativa.Hermosa, triste, melancólica y catártica.

(artículo completo en https://xfar.wordpress.com/2011/10/21/another-earth/ )

16. No Tengas Miedo

Montxo Armendáriz (@montxoarmendari) se pone su peto de director más comprometido y traza una historia de complejísima narración con una habilidad y cuidado que sorprende y gratifica a partes iguales. La historia de una joven que sufre abusos por parte de un miembro de su familia y todo su periplo vital, cargado de sufrimiento, miedo y reinserción ya no solo social sino también vital te enfrenta a un tema que en ningún momento le estalla a su realizador en la cara; al contrario, su mimo en la dirección de actores, la preproducción (y postproducción) de la película y la narración de la historia la elevan a una categoría de cinta de las que debe verse, ya no solo desde un punto de vista puramente artístico y cinematográfico -que también-. Un regalo para todos aquellos que se acerquen a ella y un motivo para abrir los ojos ante una áspera realidad que está más presente de lo que pensamos en nuestra vida diaria. No tengáis miedo, y acercaos a ella.

15. I Saw The Devil

Que el cine asiático es capaz de agitar todas nuestras referencias inmediatas en relación al séptimo arte ya lo he ido comprobando con muchas películas intertesantes desde hace ya algunos años. Y quizás sin ser más redonda que Memories Of a Murder u Old Boy, I Saw The Devil es una película que te golpea los sentidos con una fuerza que se escapa de lo puramente formal, por mucho que algunos digan lo contrario. La presentación de la violencia -seca, sin ningún tipo de concesión-, una violencia para nada lúdica y que te daña hasta resultarte en ocasiones insoportable se une a la narración de unos acontecimientos realizada bajo una mirada y un ritmo diferentes, casi extraños para el espectador que no esté acostumbrado a la mirada de esta nueva ornada de directores orientales. La caza entre gato y ratón cruel y despiadada que no te deja respirar, realizada bajo esa -para algunos- “nueva mirada” se combinan para parir este acercamiento al muchas veces atractivo abismo de la locura, la venganza, el instinto salvaje y la obsesión. Maravillosamente terrible.

14. Mientras Duermes

Que Jaume Balagueró (@jbalaguero) es un buen director de cine de género no lo dudaba ya nadie. Pero que fuera capaz de acercar ese género a un público más amplio y dignificarlo como se merece ya era algo que no estaba tan claro. Y con Mientras duermes, el realizador catalán no solo lo consigue, sino que se sitúa en una posición peligrosa por lo que a partir de ahora va a esperarse de él y sus nuevas piezas audiovisuales. En su nueva película Balagueró abandona fantasmas, infectados y sectas para adentrarse en la realidad de un enfermo psicópata misátropo plagado de frustraciones interpretado por un pluscuamperfecto Lluis Tosar, que curiosamente se encarga de la seguridad y el funcionamiento de todo un edificio. La tensión aquí no es explosiva y Balagueró nos conduce por uan historia espeluznante en una narración de tensión creciente que es la perfecta mostración de la perversidad más absoluta. Junto a Alberto Marini (@Alberto_Marini), responsable del guion y de una novela de reciente aparición basada en la historia, Balagueró, y Tosar construyen este monumento a lo retorcido de la mente humana. Brutal y Hitchcokiana.

13. The Yelow Sea 

Viendo esta película en el pasado Festival de cine fantástico de Sitges pensé que los americanos tenían un problema. Y muy gordo. Y es que si esto es un blockbuster a la coreana -como he oído por ahí- el listón está ahora tan alto que veremos cómo y quién es el guapo que se atreve a superarlo. The Yelow Sea es la película de acción más potente que un servidor ha visto en un cine (a falta de visionar la explosiva The Raid, de la que dicen traspasa todo lo imaginable), y su impronta ha quedado grabada a fuego en mi retina hasta el punto que espero que se estrene para poder repetir y comprobar si tal locura de dirección frenética lo es tanto o yo aquel  día estaba un poco flojeras y exageré su no pocas virtudes. Sea como sea, mi recuerdo es lo más parecido a una bofetada que me han dado en un cine últimamente en cuanto a ritmo y acción desenfrenada se refiere. No os la perdáis, pero sobre todo -y si finalmente puede ser- no os la perdáis en pantalla grande. Una auténtica bomba de relojería.

12. Attack The Block

El cachondeo de una pandilla basura gangsta te agarra de la mano y te sube a su montaña rusa particular en sus peleas con alienígenas con dientes color verde fosforito. Un casting de 10 se impone en una propuesta sumamente entretenida que llega donde otras entonan el quiero y no puedo. Divertidisma quintaesencia de la tontería sin más maldad que la búsqueda del entretenimiento que funciona de principio a fin. No puede verse doblada y mejor disfrutarla en compañía: el compadreo en su visionado potencia aún más sus aciertos. Incomensurable.

(articulo completo en: https://xfar.wordpress.com/2011/10/10/attack-the-block-%c2%bfsuper-8-millas/ )

11. Secuestrados

Los 12 planos secuencia que componen esta maravilla de la tensión creciente creada por Miguel Ángel Vivas (@mangelvivas) nos golpean sin piedad en una ficción de intromisión a la privacidad desde la narrativa de ficción tan bien realizada que parece mentira que no haya tenido más repercusión a todos los niveles. Y es que este realizador  pone en jaque a todo aquel espectador que se atreva a acercarse a lo que plantea su historia, sea cual sea su experiencia previa en el visionado de películas de género. Durante su pase en Sitges se escuchaba a los espectadores retorcerse en sus butacas y la incomodidad y el mal rollo que logró transmitir pocas veces he podido vivirlo en este Festival como lo viví durante los casi 90 minutos de in crescendo casi insoportable que dura el film (y hace 20 años que campo por ese bendito pueblo del Garraf en esas fechas). Poderosa, terrible y de difícil digestión, se alza gracias a un talento descomunal en la preproducción de un rompecabezas de la realización que a priori resulta ya una locura. Imprescindible para cualquier amante del cine de género. Vedla. Ya.

10. Diamond Flash

Diamond Flash trailer from Psicosoda Films on Vimeo.

Clásico inmediato de visionado difícil por su inexistente -que yo sepa- distribución cinematográfica. Busquen, comparen y si ven un artefacto mejor diseñado con menos dinero me avisan. Un Carlos Vermut (@CarlosVermut) que hace su entrada triunfal con una historia a varias bandas de una valentía como pocas veces he visto en pantalla grande. Extraña, bizarra, mágica y llena de referencias a un mundo cultural más escondido que expuesto, pide a gritos una oportunidad que la lleve al lugar que se merece. El tiempo la pondrá en su sitio, porque su acierto es toda ella, su existencia. Enorme.

(sigue en próximo post)

John Carpenter es un genio. Y como tal, propuso en 1982 una película genial, de recuerdo imperecedero entre los aficionados del cine de género y del buen cine en general. En aquella película, The Thing, que ya tenía su referente en la anterior El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), algo que no debemos olvidar, se volcaban elementos de puro cine de terror y ciencia ficción pero en un tono de reflexión, en una época en la que se vivía la tensión de la guerra fría. De hecho tal mirada desde el fantástico no era nueva, ya que en films como La invasión de los ultracuerpos (cualquiera de sus versiones) ya circulaba entre los personajes la paranoia, el miedo al otro, el terror a la delación y a descubrir que lo más cercano puede convertirse en la amenaza más temida. Un miedo escrito a fuego en el ADN de la historia americana y que provenía de casos como el macarthismo.

Nada nuevo, o eso parecía, podía aportar esa segunda versión de la película. Pero The thing era mucho más de lo que simplemente aparentaba. Primero porque nos volvía a descubrir a un realizador que nos hacía una clase magistral –nuevamente- sobre la puesta en escena, y segundo porque su película, por todo lo dicho antes y por el tratamiento y el cuidado de sus escenas, acabaría siendo un clásico que incluso hoy, 29 años más tarde, vuelve a revisarse. De lo que podía haber sido anecdótico Carpenter forjó una película de culto, que bajo sus diversas capas de significado, más profundas que la puramente fantàstica, acabaría conviertiéndose en algo mucho más importante que una película de sustos, palomitas y cine de barrio.

Así las cosas la llegada del nuevo remake sobre The thing, el tercero, volvía a priori a resultar aparentemente innecesario, y más aún si se tiene en cuenta la maravilla que fue y es su predecesora. Cualquier aficionado más o menos comprometido podía ver en tal revisión una pérdida de tiempo y además suponía que podía quedar manchado el status de la película previa. A todo esto se sumaba la sensación de falta de ideas nuevas, sobre todo en un género, el fantástico, que puede acabar deambulando fácilmente por lugares comunes sin ni pizca de originalidad.

Por otro lado, un remake podía resultar para el aficionado más entusiasta una forma de reivindicar y dar a conocer una película antigua y gloriosa a través de una nueva versión. Si no resultaba un fiasco, como había sido el caso de cintas como El amanecer de los muertos de Snyder (versionando la maravillosa Zombie de Romero), Las colinas tienen ojos, de Aja (que incluso superaba la firmada por Craven), o el personalísimo y acongojante Hallloween de Rob Zombie (curiosamente mirando de nuevo a Carpenter) podía ocurrir que la nueva película abriera un vía nueva en una historia ya conocida pero desde nuevos puntos de vista, algo que siempre podía resultar enriquecedor. Todo podía pasar.

Y el resultado final es lo que se ha llamado precuela de una película que se ha hecho con la voluntad de pasar un buen rato, plagada de unos efectos especiales fabulosos, muy en la línea digital actual, y con un ritmo que agradará sin duda mucho más a ciertos espectadores, ávidos de que ocurran muchas cosas y muy espectaculares. Ha ocurrido que se desarrolla una historia idéntica sin caer en el aburrimiento y sin dejar respirar al espectador. Lo que ha acabado pasando es que se ha creado una gran película de acción, aventura y terror de consumo fácil y que divierte, inquieta y seduce a partes iguales. Todo ello a costa de algo, del elemento más significativo de la película original, la paranoia de los personajes.

En la película de Carpenter daba miedo el ser, el monstruo, sí. Pero hoy día ese bichejo ha quedado obsoleto visualmente hablando y sin embargo la película ha resistido igual el paso del tiempo. Y lo ha hecho porque lo que en ella se narró no hablaba solo de un monstruo del espacio exterior, sino del monstruo que todos llevamos dentro, el que de verdad daba miedo en la película, pero en una suerte de metáfora a la inversa que te ponía los pelos de punta. Escenas como la de los análisis de sangre, los debates entre los personajes dando sus razones para llevar a a la confianza del grupo, o la secuencia final –TREMEBUNDA- llena de ironía y de unos matices y una desesperación de carácter casi trágico dejan paso ahora a un espectáculo visual mucho más competente en ese sentido pero que está vacío de contenido. Y eso no tiene porque ser malo, ya que una de las funciones del cine es divertir. Pero desde luego cuando se revisa una obra maestra como es The Thing, y se hace, además, desde la nostalgia, no es para nada plato de buen gusto.

Diría entonces que la nueva The Thing no es una película interesante? Depende de la mirada y de lo que esperes de ella. Si quieres verla como un entretenimiento puro y duro te entretendrá y pasarás un buen –o mal, como se mire- rato viéndola. Saltarás de butaca, sudarás con los personajes y se te helará el corazón en muchas de sus escenas. Con esa mirada la película no solo es recomendable, sino de visionado obligado. Ahora bien, si lo que se espera es algo parecido a la antigua The Thing la cosa cambia, y mucho. Si tu idea es volver a ver a Carpenter y disfrutar de otro tipo de sufrimiento, no la recomendaría.

Ya hablé en algún post anterior de la maldita nostalgia. Y de ahí que no quiera repetirme, pero es evidente que debemos olvidarnos de ella si vamos a revisar un remake como éste, o como la mayoría de los últimos que se han producido. Si esperamos ver la misma película nos estamos equivocando, así que la condición es dejarse llevar, olvidarse de los años dorados y disfrutar con el nuevo producto. Así, sí vale la pena la nueva The Thing, y mucho más que muchos remakes actuales.

Pero claro, para ello hay que olvidarse de John Carpenter

El elemento externo, perturbador, que desequilibra la vida ordenada del burguesito de a pie desnaturalizando su tranquilidad y caotizándola es un motivo muy utilizado en el cine y que puede ser muy inquietante. Directores como Haneke, Lynch, Hitchcock… e incluso otros más cercanos a nosotros geográficamente como Miguel Ángel Vivas  -y parece que pronto Balagueró con su Mientras duermes–  ha usado o usan este casi tópico cinematográfico como el aspecto que vehicula algunas de sus historias más interesantes. Así, en Funny Games o Caché los protagonistas se ven asediados por un horror que no saben cómo evitar y que los convierte en víctimas, en verdugos  o en aquello que siempre han repudiado por considerarlo inmoral o poco adecuado a sus registros sociales. En Lost Highway, la pesadilla psicodélico-esquizofrénica del protagonista comienza con unos vídeos en los que se profana su privacidad (igual que en la citada Caché de Haneke) y en Rear Window un vecino convierte en realidad los morbos escondidos de un voyeur en silla de ruedas hasta transformarlo en una suerte de agente secreto con licencia para observar. En el caso de la maravillosa Secuestrados, como en Funny Games, el ariete de la violencia golpea la realidad de unas vidas que se presumen idílicas y sume en una pesadilla lo que antes era tedioso, la normalidad, la rutina. Nadie está a salvo, nadie es como dice ser y lo civilizado se derrumba ante el ataque indiscriminado a la intimidad haciendo que los ojos del espectador empaticen con unos personajes que les muestran las diversas posibilidades a las que puede llegar el comportamiento humano en una situación límite. Y se acaba mostrando lo salvaje que uno puede llegar a ser, lo animal e instintivo que hay en el ser humano, lo que es más frecuente esconder que mostrar.

En El hombre de al lado, hay un vecino que quiere hacer una ventana que da a la casa del protagonista de la historia. Y algo tan sencillo como esto se dota de una carga metafórica tan grande que sirve tanto para explicar un radical cambio de comportamiento de un personaje de vida resuelta –que no feliz- como para hablar de una determinada sociedad, racista y clasista, escondida tras una cortina de tolerancia. Una sociedad que en este caso es la Argentina pero que podría ser cualquiera.

El hombre de al lado habla de todo eso y de la hipocresía, del presumir “que se es” y se tiene frente a lo que se es y se tiene de verdad; la historia desmenuza con angustia el discurso cínico del que lo tiene todo en contraposición al que no lo tiene, o al que se supone que no lo tiene. Acerca también con su discurso el terror al espectador medio de la película, que probablemente se reconocerá en algunos comportamientos y reacciones del protagonista y sonreirá nerviosamente ante el desarrollo de los acontecimientos que describe en ella. Así, la condescendencia repugnante mostrada por el personaje principal y la mala educación que muestra –sobre todo en privado-  respecto al personaje que se supone es más maleducado y está en un nivel social inferior va dejando al descubierto, a medida que la cinta se desarrolla, unos mecanismos perversos que con frecuencia contiene cualquier sociedad civilizada, que supuestamente puede y debe reaccionar de otra forma ante la diferencia y las formas diferentes de vivir y entender la vida en sociedad. Son reacciones primitivas, basadas en el miedo a lo desconocido, a lo que es, vive y respira de modo diferente, un horror –en el fondo- a mirarse a uno mismo para no descubrir en lo que uno se ha convertido: una máquina mentirosa incapaz de crear puentes de comunicación con sus semejantes que no sean a través de las bravuconadas, las burlas o las mentiras. Unas reacciones que están ahí y que conviene recordar que existen para tratar de no caer en ellas, o simplemente para ser conscientes de su existencia. Unas reacciones aparentemente reprobables, insitintivas,  pero más comunes y habituales de lo que somos capaces de reconocer.

Y es por eso que el protagonista, que ha logrado una posición social y un éxito evidentes, miente, se burla, denuncia y no tolera a su antagonista, que tan solo pide “algo de la luz que su edificio le roba” que ni se sabe qué hace ni parece importarle lo que se piense de él; no es mentiroso, ni hipócrita, ni está aterrado porque no lo necesita. Es libre para proponer y no comprende los cánones del comportamiento hipócrita que se requiere para ser un “alguien” respetado. Ni está dispuesto a comprenderlos. Puede ser incómodo en los modales, pero le da igual porque no juega al juego que propone la colectividad. Y es en ese choce cuando el espectador se da cuenta que el supuesto salvaje es más persona, más humano que el civilizado, pero que el aceptado por todos es el hipócrita. Que el más libre es el que tiene más valores pero el menos comprendido, y que  el esclavo de sus mentiras es aquel que en apariencia lo tiene todo, incluido la reverencia del entorno y su beneplácito. Y es cuando entonces cuando uno se da cuenta de que el terror a ser descubierto en ese juego de falsedades puede llevar a cometer un acto de traición terrible: la que uno comete consigo mismo.

El hombre de al lado se revela como una película interesantísima, a veces inquietante y profunda y a veces más superficial, que posee un discurso propio personalísimo y que pone en jaque los códigos en las relaciones con  los otros para poder cohabitar de forma pacífica. Subvierte los valores de lo que se supone que debe hacerse para actuar correctamente y desnuda hasta el ridículo los comportamientos hipócritas de una sociedad muchas veces marcada por la superficialidad y la mentira, marcada por el instinto de supervivencia. Las interpretaciones de los personajes son excelentes y la realización, pese a mostrar ciertas irregularidades, es un portento de regularidad y contención si se tiene en cuenta lo delicado del tema que se está tratando. Podría haber sido una película pedante, gafapástica e incluso estúpida en manos de alguien que no supiera lo que se hacía, pero Mariano Cohn demuestra que es alguien a quien debemos seguir la pista.

Y el que salga del cine y esté libre de pecado… que tire con tranquilidad la pared de su vecino al suelo.

Después de ver Super 8 uno tiene la sensación de que ya ha hecho los deberes cinematográficos del verano, y eso funciona para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno porque esa idea confiere al hecho cinematográfico una importancia muy poco acorde con la época que vivimos – el cine lo disfrutamos en gran medida en casa-; y para lo malo por todo lo que se le presupone a priori a la película y que después puede volverse contra ella.

Con Super 8 se han conseguido varias cosas interesantes. En primer lugar que la gente tenga ganas de ir a una sala de cine para ver un producto que podría consumir, sin duda  hoy día, en casa y de forma gratuita. En segundo lugar, que vuelva el “cine de nombres” (algunos dirían de autor, pero ese término parece demasiado sagrado para concedérselo a cineastas comerciales como Spielberg, que sin duda lo merecería) que por sí solos levantan una determinada expectativa. En tercer lugar ha prometido meter a los espectadores en un Delorean que los llevará de nuevo a los 80 para volver a padalear las mieles del mejor cine Blockbuster: aquel que conjugaba, supuestamente, calidad con diversión y que se dirigía a todos los públicos. Y finalmente ha logrado  resucitar la idea de que el cine puede volver a ser mítico en su liturgia y en su consumo, y que esa mitificación puede conseguirse siempre en el visionado colectivo,  siempre en una sala y a ser posible  en un entorno grupal, casi de pandilla,  que haga participar activamente a los espectadores desde la nostalgia. ¿O es que hay alguien que piensa que es mejor ver Super 8 en el plasma de 42 de casa, solo y bajada de internet que ir a verla al cine con los amiguetes de tu generación?

Todo esto hace de Super 8 una película, a priori, muy particular.  Promete mucho pero no ya desde el inicio del metraje, sino desde la promoción misma de la película. Consigue meterse a un público muy fiel a su memoria cinematográfica en el bolsillo y ese mismo público seducido de antemano, ya adulto y probablemente con familia y amigos a sus espaldas, atraerá a un nuevo público, más joven, empujado por el entusiasmo de experimentar lo que una vez les hizo felices e hizo felices a tantas personas.  La nostalgia es, pues, una de las grandes bazas de esta película, pero también su gran peligro.

Y es que la nostalgia provoca expectativas difíciles de superar. Y se ha vendido que Super 8 es la recuperación de un cine ya extinguido, algo que puede quedar en la nada si no se tiene en cuenta precisamente que el cine de los 80 ya no existe ni como cine ni como época.  Que los mecanismos que mueven el lenguaje cinematográfico actuales han cambiado y también el espectador y sus necesidades, y el cortocircuito que puede provocar ver una determinada intención “a la antigua” con otra absolutamente moderna (con más prisas, quizá más efectista, empresarial  y menos sincera) puede ser fatal. Y viendo Super 8 eso puede suceder.

 

Puede suceder que en el momento álgido de la película ésta falle y se deje llevar por cuestiones que un cine, realizado por un determinado tipo de cineasta y en otra época no hubiese permitido. Puede suceder que ciertos aspectos muy buen cuidados durante la primera hora de la cinta dejen de estarlo de golpe y porrazo por cuestiones lejanas al concepto de autoría, e incluso  puede suceder que cuando la película termine te quede la sensación de que algo no cuadra, que hay algo de lo que has visto no acaba de funcionar como debería.

En Super 8 puede pasar que lo más interesante, la relación pandillesca y el análisis de personajes infantiles vividas en cintas como Stand by me o The outsiders a mitad de metraje se deje de lado y deje paso a otras cuestiones, más frías y menos emocionales, o más acorde con los ritmos de los nuevos espectadores. También puede pasar que eso, ese factor nostálgico que era el verdaderamente buscado por un determinado tipo de público, se quede a mitad de camino, y por lo tanto puede ser que eso le provoque una decepción notable.  Y entonces puede ser que no consiga ni superar la comparación con una cinta que seguro no es  superior a la película de Abrahams, The Goonies, pero que sale vencedora simplemente porque esa película ese mismo espectador la vio cuando tenía 12 años. Vencen los Goonies por la misma nostalgia que construía –y supuestamente llevaría al triunfo- a Super 8

También puede suceder que el misterio prometido en el desarrollo de la historia no sea tan interesante ni que su resolución produzca tanto placer como la que producían  las películas en las que Super 8 claramente se basa. Puede ser que no queden claras algunas cuestiones que envuelven ese mismo misterio y que eso aleje un poco al espectador de lo que ha visto, algo que no sucedía en las cintas de las que ésta se nutre. O al menos, la nostalgia que te ha llevado al cine te puede hacer creer eso: que todo lo que ves que no acaba de resolverse sí se resolvía en el cine ochentero que tanto gusta al espectador de esta película. Y puede que tampoco sea cierto. Es posible. Es el problema que tiene el recuerdo.

También puede pasar, salvado el factor nostálgico,  que en esta película te encuentres un nivel técnico difícilmente superable, unas interpretaciones magistrales e incluso unos personajes entrañables que te acerquen a ese paraíso cinematográfico perdido aún sin buscarlo. Porque en tu historia de amor con el cine has visto esas películas y forman parte de tu pasión… pero también eso puede que se rompa por la narración de una historia de corta y pega de tantas y tantas historias vistas y ya disfrutadas  y que además se resuelve de una forma cuanto menos precipitada. Y que esto ya no sea algo excusable si se tiene en cuenta la cantidad de tiempo y de dinero que hay detrás de una producción de este tipo. O sí, si se ve desde el prisma de cine como negocio y no como “experiencia”, tal y como se ha vendido esta película. Y entonces lo que había conseguido la película en un primer tramo podría diluirse y llegaría la decepción. Y se produciría la desconexión y desaparecería la empatía con los personajes. Tanto en los espectadores nostálgicos como en los que tratan de desvincularse de su memoria y solo buscan el goce del cine-espectáculo y de calidad.  Podría pasar eso.

 

O no. También puede pasar que el espectador de Super 8 se deje de monsergas y disfrute de lo que está viendo sin preocuparse de comparaciones y del cine y de la experiencia de ir al cine, de reír, de asustarse, de emocionarse… Eso también puede pasar. Porque elementos para hacerlo la película  los tiene. Pero la sensación es que es un producto muy bien pensado y comercializado para ser algo que no es, un nuevo mito cinematográfico para unos y para otros, para jóvenes, no tan jóvenes y adultos. Y no lo es sobre todo porque deja de lado algo que los maestros que fueron la base  para que esta película existiera nunca hubiesen dejado de lado: el amor por el cine. O al menos por un determinado tipo de cine, el que curiosamente ha vendido esta película. Y no es que Abrahams no ame el cine, es que lo ama de un modo diferente al que lo amaban sus maestros en la época que su película refleja. De una forma más cercana al mejor momento de la película, que se encuentra en los créditos finales de la cinta. Ahí está el espíritu de los 80, la ingenuidad, el amor por el cine… que solo puede arriesgarse a volver cuando la mitad de la sala ha abandonado su asiento. Pero que al menos esté ahí es mérito de su director y con ello la esperanza de que en un futuro se obsesione más por ser coherente consigo mismo y no con un elemento nostálgico escurridizo e inalcanzable.


 

“Vols parlar del núvols oi? Del cel, de la terra, de tot el que t’envolta… Vols que parlem del teu avorriment…”

Un calfred em va travessar l’espinada. Havia pensat més d’un cop durant el viatge d’aquell dia quina seria la perspectiva de la realitat d’algú com l’Àngel, que duia tancat 25 anys de la seva existència. De fet, ho havia pensat mentre mirava el cel i els núvols, tot recorrent el camí que duia fins les cent una “corbes del dolor”.

– Tu vols que parlem?- Vaig voler ser educat cedint-li la possibilitat d’engegar-me, buscant transmetre una certa humilitat per trobar-me a una casa que no era la meva, que era la seva. –Si et ve de gust a mi m’encantaria. Per això he vingut-.

– Ho imagino. Però no entenc l’interés… què pot tenir un pobre diable com jo que dir-li a algú tan (des)ocupat com tu?

Havia dit ocupat o desocupat?

– De què vols parlar?- va insistir…

Vaig empassar una bossa de saliva que s’avia anat acumulant a la meva gola. Estava nerviós, però ho atribuïa no tant a les paraules de l’Àngel, sinó més aviat a l’excitació de trobar-me davant algú tan interessant…

Jajaja. No saps de què vols parlar oi? De fet sempre passa el mateix. Veniu aquí i us assenteu al meu davant, buscant respostes… que jo no us en dono mai. La majoria triguen menys de dues hores minuts a marxar, perquè no els concedeixo el que busquen. Però de tant en tant.. de tant en tant algú decideix quedar-se aquí amb mi una mica més de temps, el suficient com per a coneixem realment bé… Seràs d’aquests, tu?

Seràs d’aquests?

Ho sóc?

La sensació d’asfíxia que vaig sentir aleshores fou terrible. Estava atemorit davant els ulls d’aquell home petit i calb que em mirava amb ulls negres de tauró, inexpressius però alhora desperts i francament humans.. I malgrat la seva presència no semblava que hagués de tenir por, però d’alguna forma en tenia.

– Val, doncs diguem tu de què estàs disposat a parlar?

Va rumiar un moment abans de contestar.

– Si tu veiessis amb els meus ulls, entendries perquè sóc aquí. De veritat que sí. I m’agradaria que hi veiessis tot, amb els meus ulls…

Vaig contestar-li dos segons més tard, embolicat d’emoció.

– Sí, a mi també m’agradaria, però això no és possible. Per què no fem alguna cosa més pràctica i…

No em va deixar acabar la frase.

– Per què no és possible? Em penso que hi ha una manera…- va replicar.

– Doncs explica’m com i estaré encantat, de veure-hi amb els teus ulls…

L’Àngel em va mirar d’adalt a abaix. M’estava com enregistrant. Semblava que volés mirar més enllà de la meva fisonomia, del meu físic, per a tocar el meu interior i assaborir-lo per fer-se amb ell però sense fer-me mal, sense violència… Semblava que em volés comprendre, que tractés d’entendre qui era jo i què feia allà. I ni jo mateix ho sabia. Estava allà per avorriment? Per a acabar un reportatge que m’havia interessat durant molts mesos, quan treballava, i abans que la meva vida es convertís en una absoluta monotonia? Ni jo mateix sabia la resposta. Però era allà. I semblava que tota la meva vida hagués estat esperant aquell moment, aquell viatge, aquelles cent una corbes… Aquella cara de l’Àngel mirant amb els seus ull negres…

– Deixa’m fer a mi, no et preocupis- va dir.

I va començar a parlar.

“Deixa’m que t’expliqui com és el cel. El cel és un cúmul de agulles d’aigua blaves i fredes que s’acumulen i ens transmeten que estem embolicats en una esfera preciosa que ens protegeix de tot i tothom. Però no és ferm: és un bombolla que envolta d’altres bombolles que s’encaren les unes davant les altres formant rengleres de petits cels que s’amaguen cercant un lloc darrera els astres humits que no podem arribar a contemplar”.

“I els núvols?” Vaig preguntar.

“Els núvols, són insectes. Insectes negres que s’ajunten i representen formes que en realitat no tenen més forma que la que s’imaginen els mateixos insectes, fruit de la por a construir-se per pur atzar. No deixis mai que un núvol s’apropi massa al teu voltant, o els insectes que hi ha a dins aconseguiran que formis part de la seva colònia. Això, és clar, si no vols ser part de la seva colònia… Jo vaig voler ser-ho, fa temps. Però ara ja no”

L’Àngel s’alçava, a cada paraula, a una distància cada cop més elevada de la meva. No sabia quin era exactament el propòsit de tot allò que em deia, però jo no deixava de prendre notes frenèticament, absorbit per les seves paraules. Volia saber com pensava, apropar-me a la seva manera de veure el món, amb els seus ulls.

Fins que tot va desaparèixer. I vaig veure amb els seus ulls.

 

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