Sitges


Ya instalado en el nuevo año y tras un par de ágapes orgiásticos y sodomorrianos me encuentro con la necesidad de ampliar -y explicar- un poco más mi lista de películas favoritas del año 2011. No preguntéis por qué, nuestra tradición histórica nos tiene tan embadurnados de culpa que supongo que incluso con algo tan subjetivo me siento en el -estúpido- deber de dar explicaciones de mis preferencias cinematográficas, siempre personales y para nada de valor absoluto. Sea como sea, trataré en las próximas líneas de vaciar mi recuerdo en este artículo que espero me ayude también a ordenar mis ideas en relación a esto del cine, que me tiene tan y tan fascinado.

19. El hombre de al lado

Película argentina de bajo presupuesto de inquietante y metafórica trama, que cumple con creces las  pretensiones expuestas en su guion. Un gafapástico arquitecto y su mundo aburguesado chocan con un rudo y anárquico vecino que poco a poco romperá el absurdo equilibrio conseguido por el primero a lo largo de una superficial y ya ataráxica existencia. Una mirada muy simbólica a un infierno del aburimiento y la hipocresía interpretada y dirigida con pulso firme y mucha maestría.

(artículo conpleto en: https://xfar.wordpress.com/2011/08/30/el-hombre-de-al-lado-nadie-esta-a-salvo/ )

18. The Woman

Lucky McKee (@LuckyMcKee) destroza el retrato feliz de familia americana con una historia polémica y extremadamente peligrosa en su exposición y contenido. Una mujer salvaje que campa por los bosques se convierte en la presa de un padre de familia que trata de civilizarla para mayor gloria de Dios y su entorno, de la forma que sea siempre que la convierta en un elemento de carácter doméstico y que se atenga a sus normas establecidas. Bajo esta primera capa externa se encuentra una lectura ácida y corrosiva a medio camino entre Solondtz y Haneke, con tantos detractores como seguidores en su pase en Sitges 2011. Interesante, polémica, violenta y para muchos estúpida y repulsiva. Para mí, muy interesante cuanto menos.

17. Another Earth

Una joven trata de encontrar una segunda oportunidad en una historia de redención personal con un motivo sci-fi de metáfora y simbolismo más que evidentes. En una segunda Tierra donde nuestro reflejo podría concedernos una vía de escape alternativa a nuestro recorrido vital y a nuestros errores se instala la esperanza de unos personajes perdidos en un existencialismo pesimista provocado por una vida menos que satisfactoria y cargada de dolor y sufrimiento. Cine indie de qualité que cumple y colma con creces todo aquello que puede esperarse del cine de bajo presupuesto y del entusiasmo de un director que presenta su primera historia de ficción narrativa.Hermosa, triste, melancólica y catártica.

(artículo completo en https://xfar.wordpress.com/2011/10/21/another-earth/ )

16. No Tengas Miedo

Montxo Armendáriz (@montxoarmendari) se pone su peto de director más comprometido y traza una historia de complejísima narración con una habilidad y cuidado que sorprende y gratifica a partes iguales. La historia de una joven que sufre abusos por parte de un miembro de su familia y todo su periplo vital, cargado de sufrimiento, miedo y reinserción ya no solo social sino también vital te enfrenta a un tema que en ningún momento le estalla a su realizador en la cara; al contrario, su mimo en la dirección de actores, la preproducción (y postproducción) de la película y la narración de la historia la elevan a una categoría de cinta de las que debe verse, ya no solo desde un punto de vista puramente artístico y cinematográfico -que también-. Un regalo para todos aquellos que se acerquen a ella y un motivo para abrir los ojos ante una áspera realidad que está más presente de lo que pensamos en nuestra vida diaria. No tengáis miedo, y acercaos a ella.

15. I Saw The Devil

Que el cine asiático es capaz de agitar todas nuestras referencias inmediatas en relación al séptimo arte ya lo he ido comprobando con muchas películas intertesantes desde hace ya algunos años. Y quizás sin ser más redonda que Memories Of a Murder u Old Boy, I Saw The Devil es una película que te golpea los sentidos con una fuerza que se escapa de lo puramente formal, por mucho que algunos digan lo contrario. La presentación de la violencia -seca, sin ningún tipo de concesión-, una violencia para nada lúdica y que te daña hasta resultarte en ocasiones insoportable se une a la narración de unos acontecimientos realizada bajo una mirada y un ritmo diferentes, casi extraños para el espectador que no esté acostumbrado a la mirada de esta nueva ornada de directores orientales. La caza entre gato y ratón cruel y despiadada que no te deja respirar, realizada bajo esa -para algunos- “nueva mirada” se combinan para parir este acercamiento al muchas veces atractivo abismo de la locura, la venganza, el instinto salvaje y la obsesión. Maravillosamente terrible.

14. Mientras Duermes

Que Jaume Balagueró (@jbalaguero) es un buen director de cine de género no lo dudaba ya nadie. Pero que fuera capaz de acercar ese género a un público más amplio y dignificarlo como se merece ya era algo que no estaba tan claro. Y con Mientras duermes, el realizador catalán no solo lo consigue, sino que se sitúa en una posición peligrosa por lo que a partir de ahora va a esperarse de él y sus nuevas piezas audiovisuales. En su nueva película Balagueró abandona fantasmas, infectados y sectas para adentrarse en la realidad de un enfermo psicópata misátropo plagado de frustraciones interpretado por un pluscuamperfecto Lluis Tosar, que curiosamente se encarga de la seguridad y el funcionamiento de todo un edificio. La tensión aquí no es explosiva y Balagueró nos conduce por uan historia espeluznante en una narración de tensión creciente que es la perfecta mostración de la perversidad más absoluta. Junto a Alberto Marini (@Alberto_Marini), responsable del guion y de una novela de reciente aparición basada en la historia, Balagueró, y Tosar construyen este monumento a lo retorcido de la mente humana. Brutal y Hitchcokiana.

13. The Yelow Sea 

Viendo esta película en el pasado Festival de cine fantástico de Sitges pensé que los americanos tenían un problema. Y muy gordo. Y es que si esto es un blockbuster a la coreana -como he oído por ahí- el listón está ahora tan alto que veremos cómo y quién es el guapo que se atreve a superarlo. The Yelow Sea es la película de acción más potente que un servidor ha visto en un cine (a falta de visionar la explosiva The Raid, de la que dicen traspasa todo lo imaginable), y su impronta ha quedado grabada a fuego en mi retina hasta el punto que espero que se estrene para poder repetir y comprobar si tal locura de dirección frenética lo es tanto o yo aquel  día estaba un poco flojeras y exageré su no pocas virtudes. Sea como sea, mi recuerdo es lo más parecido a una bofetada que me han dado en un cine últimamente en cuanto a ritmo y acción desenfrenada se refiere. No os la perdáis, pero sobre todo -y si finalmente puede ser- no os la perdáis en pantalla grande. Una auténtica bomba de relojería.

12. Attack The Block

El cachondeo de una pandilla basura gangsta te agarra de la mano y te sube a su montaña rusa particular en sus peleas con alienígenas con dientes color verde fosforito. Un casting de 10 se impone en una propuesta sumamente entretenida que llega donde otras entonan el quiero y no puedo. Divertidisma quintaesencia de la tontería sin más maldad que la búsqueda del entretenimiento que funciona de principio a fin. No puede verse doblada y mejor disfrutarla en compañía: el compadreo en su visionado potencia aún más sus aciertos. Incomensurable.

(articulo completo en: https://xfar.wordpress.com/2011/10/10/attack-the-block-%c2%bfsuper-8-millas/ )

11. Secuestrados

Los 12 planos secuencia que componen esta maravilla de la tensión creciente creada por Miguel Ángel Vivas (@mangelvivas) nos golpean sin piedad en una ficción de intromisión a la privacidad desde la narrativa de ficción tan bien realizada que parece mentira que no haya tenido más repercusión a todos los niveles. Y es que este realizador  pone en jaque a todo aquel espectador que se atreva a acercarse a lo que plantea su historia, sea cual sea su experiencia previa en el visionado de películas de género. Durante su pase en Sitges se escuchaba a los espectadores retorcerse en sus butacas y la incomodidad y el mal rollo que logró transmitir pocas veces he podido vivirlo en este Festival como lo viví durante los casi 90 minutos de in crescendo casi insoportable que dura el film (y hace 20 años que campo por ese bendito pueblo del Garraf en esas fechas). Poderosa, terrible y de difícil digestión, se alza gracias a un talento descomunal en la preproducción de un rompecabezas de la realización que a priori resulta ya una locura. Imprescindible para cualquier amante del cine de género. Vedla. Ya.

10. Diamond Flash

Diamond Flash trailer from Psicosoda Films on Vimeo.

Clásico inmediato de visionado difícil por su inexistente -que yo sepa- distribución cinematográfica. Busquen, comparen y si ven un artefacto mejor diseñado con menos dinero me avisan. Un Carlos Vermut (@CarlosVermut) que hace su entrada triunfal con una historia a varias bandas de una valentía como pocas veces he visto en pantalla grande. Extraña, bizarra, mágica y llena de referencias a un mundo cultural más escondido que expuesto, pide a gritos una oportunidad que la lleve al lugar que se merece. El tiempo la pondrá en su sitio, porque su acierto es toda ella, su existencia. Enorme.

(sigue en próximo post)

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A unos minutos del comienzo de Drive las expectativas no podían ser más altas. Por un lado teníamos unas crónicas y críticas de su paso por otros festivales (como el de San Sebastián) que hablaban maravillas de ella. Por otro lado, todo apuntaba a que como espectadores volvíamos a recuperar a un actor al que hacía algún tiempo habíamos perdido la pista: un Ryan Gosling que nos mostró de lo que era capaz en películas como The believer (Henry Bean, 2001) o la sobresaliente Half Nelson (Ryan Fleck, 2006). Todo apuntaba a que nos encontrábamos ante una película que además de esperada debía estar por encima de la media en el marco de un festival, el de Sitges, en el que el fomento del entusiasmo es el pan suyo de cada día.

Y de vez en cuando ocurre, y una película no decepciona. Drive te emociona, conmueve, impacta y entristece dentro de una estructura narrativa clásica y efectiva marcada por una serie de condicionantes que la elevan al séptimo cielo del mundo del cine. Su impacto es tal que cuando termina todavía no tienes claro cuál es el aspecto o los aspectos que te han llevado a recibir una impresión tan salvaje. La certeza de que acabas de asistir a la construcción de un clásico que perdurará en nuestra memoria colectiva durante mucho tiempo es tan clara y merdiana que sales de la sala herido de satisfacción, emocionado al comprobar cómo una película puede llegar a transportarte a tantos lugares emocionales distintos. En sus casi dos horas de duración Drive te ha regalado un mosaico de sensaciones como pocas películas son capaces de ofrecer y te ha mostrado un sinfín de posibilidades de análisis distintos -estético, argumental, simbólico, puramente cinematográfico… – tan rico que parece mentira que en una sola película quepa tanto acierto.

Drive nos cuenta una historia que a su vez son muchas, todas con un desarrollo y desenlace clásicos en sus subtramas. Cada aspecto que queda abierto argumentalmente se cierra con habilidad y de forma que se abren un sinfín de lecturas  que llenan de matices lo que se acaba de presenciar. Finales de subtrama que se cierran a cal y canto pero que a la vez abren múltiples lecturas de significación, algunas de carácter moral, otras de carácter puramente artístico o estético. Y curiosamente todo lo que nos cuenta la película es tan manido que puede resultar ridículo: un personaje de pasado casi desconocido y con una pesada carga vital a sus espaldas se presta a mostrarnos un desarrollo emocional que va de lo más frío -congelado- a lo más cálido; ése es el recurso argumental inicial que dibuja una historia que se intuye oscura y de clara redención personal desde prácticamente su inicio. Lo que muchas otras películas ofrecen, vamos. Pero en este caso los aciertos empiezan ya desde el casting -no me imagino otro actor haciendo lo que Gosling hace con su personaje- para llegar a lo sublime en la composición de los matices y colores del protagonista en un guión que trabaja sobre la delgada línea que separa el acierto del ridículo.

El personaje que interpreta Ryan Gosling trabaja en un taller  de coches -regentado por un jefe que interpreta hábilmente Bryan Cranston, y alterna ese oficio con otras dos fuentes de ingresos. En la primera, legal y pública, trabaja como un reputadísimo especialista de cine que conduce coches  en las escenas de riesgo. En la segunda, mucho más comprometida pero más lucrativa, actúa como vía de escape de ladrones y atracadores de bancos poniéndolos a salvo con su impecable habilidad como conductor de alto voltaje. En todas ellas vive una vida más bien silenciosa y solitaria hasta que su relación con una vecina (Carey Mulligan) y su hijo y la amistad que va construyendo con su jefe del taller ponen en jaque todo el aparente equilibrio conseguido en su complicada vida.

Hay una evidencia muy clara en Drive, y es que el personaje camina por senderos morales peligrosos y por lo tanto debía alcanzar un grado de  empatía  emocional con el espectador para acompañar al personaje sin censurarlo, creyendo en sus motivaciones, simpatizando con sus acciones y sin preguntarse los cómos ni los porqués  de las mismas. Esa empatía era necesaria y  difícil de alcanzar porque es una interpretación parca en palabras, con un transmisor único de su subjetividad, su mirada, a la que la  cámara le dedica intensísimos y cercanos planos. Una mirada así solo podía sostenerla alguien como Gosling. No se me ocurre a nadie con una mayor capacidad para comunicar emoción y melancolía que él, que en el pasado ya fue capaz de firmar un par de escenas cumbres sin pronunciar una sola palabra con su alter ego en Half Nelson. Con esa baza y el entendimiento absoluto entre lo que deseaba conseguir el realizador y el talento del actor a su servicio, esa comunicación necesaria con el interior del personaje se da desde los primeros instantes y de forma más que contundente.

Por todo esto Drive es una película de actor sobresaliente, pero que además regala otras cosas al espectador más exigente. La acción adrenalítica y el pulso acelarado que logra en sus segundo y tercer actos es mérito de una primera hora de manual, de una contención y de un ritmo pausado que limita peligrosamente con el tedio y el desencanto. Toda esa parte inicial está intencionadamente dirigida a presentar al personaje con el que vamos a caminar por el lado más salvaje, y su pausa solo existe como mostración de su personalidad y como contraste al ritmo que después se encontrará el espectador, que a esas alturas piensa que el discurrir de la cinta no va a llevarle por caminos muy diferentes al visto hasta ese momento. Craso error: en un acto final que eleva a toda la película a la altura de una tragedia digna del personaje más romántico que se ha creado últimamente en el cine, el espectador queda a merced de sus emociones y de aquella empatía construida silencio a silencio, mirada a mirada. Si a esto se le añaden unos aspectos estéticos que no solo adornan la trama y al personaje sino que lo llevan más allá de lo que serían sus supuestas intenciones la imagen acaba convirtiéndose en algo hipnótico de lo que es francamente complicado escapar. La ciudad y su nocturnidad, los coches, el pensamiento plasmado en el lento discurrir de los acontecimientos y en la mirada de los personajes, la chupa amarilla con el escorpión descontextualizada y cargada de estética vintage (y de significación por lo letal de su propietario), las luces de los automóviles… todo acaba combinándose para golpear los sentidos en un cóctel explosivo perfectamente controlado y mejor dirigido. Y la fascinación que produce en lo sensitivo es el segundo gran triunfo de la película, a la que además le acompaña una banda sonora de los 80 que parece que acompañe a una película de los 70  hecha en nuestro nuevo milenio.

Y al final, un desenlace que potencia más el global de la cinta, por lo inesperado, duro y salvaje pero también por la coherencia con lo que se ha estado viendo. En todo su tramo último asistimos alucinados a la desesperación de unos personajes al borde del existencialismo que actúan desde las tripas y del instinto, y se produce el triunfo final de la ambigua lectura moral que ya se produjo de un modo parecido en una obra maestra como Taxi Driver, una película en la que no dejaba de pensar cuando salí de la proyección de Driver. Y si me atrevo a hacer esta comparación es porque creo sinceramente que como aquélla, esta Driver va a ser elevada a la categoría de película de culto por muchos de sus espectadores, entre los cuales me incluyo.

De vez en cuando ocurre. Que el cine te regala algo que va más allá que dos horas de entretenimiento, incluso más que dos horas de entretenimiento inteligente. A veces parece que todo se conjugue adecuadamente para lograr que una película te haga sumamente feliz y vuelvas a darte cuenta de lo que puede llegar a ser el cine y lo que puede proporcionarte. Disfrutad de Drive los que no la hayáis visto cuando se estrene y procurad no perdérosla porque estamos ante un clásico del cine contemporáneo. Ante una de las películas de la década. Al tiempo.

John Carpenter es un genio. Y como tal, propuso en 1982 una película genial, de recuerdo imperecedero entre los aficionados del cine de género y del buen cine en general. En aquella película, The Thing, que ya tenía su referente en la anterior El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), algo que no debemos olvidar, se volcaban elementos de puro cine de terror y ciencia ficción pero en un tono de reflexión, en una época en la que se vivía la tensión de la guerra fría. De hecho tal mirada desde el fantástico no era nueva, ya que en films como La invasión de los ultracuerpos (cualquiera de sus versiones) ya circulaba entre los personajes la paranoia, el miedo al otro, el terror a la delación y a descubrir que lo más cercano puede convertirse en la amenaza más temida. Un miedo escrito a fuego en el ADN de la historia americana y que provenía de casos como el macarthismo.

Nada nuevo, o eso parecía, podía aportar esa segunda versión de la película. Pero The thing era mucho más de lo que simplemente aparentaba. Primero porque nos volvía a descubrir a un realizador que nos hacía una clase magistral –nuevamente- sobre la puesta en escena, y segundo porque su película, por todo lo dicho antes y por el tratamiento y el cuidado de sus escenas, acabaría siendo un clásico que incluso hoy, 29 años más tarde, vuelve a revisarse. De lo que podía haber sido anecdótico Carpenter forjó una película de culto, que bajo sus diversas capas de significado, más profundas que la puramente fantàstica, acabaría conviertiéndose en algo mucho más importante que una película de sustos, palomitas y cine de barrio.

Así las cosas la llegada del nuevo remake sobre The thing, el tercero, volvía a priori a resultar aparentemente innecesario, y más aún si se tiene en cuenta la maravilla que fue y es su predecesora. Cualquier aficionado más o menos comprometido podía ver en tal revisión una pérdida de tiempo y además suponía que podía quedar manchado el status de la película previa. A todo esto se sumaba la sensación de falta de ideas nuevas, sobre todo en un género, el fantástico, que puede acabar deambulando fácilmente por lugares comunes sin ni pizca de originalidad.

Por otro lado, un remake podía resultar para el aficionado más entusiasta una forma de reivindicar y dar a conocer una película antigua y gloriosa a través de una nueva versión. Si no resultaba un fiasco, como había sido el caso de cintas como El amanecer de los muertos de Snyder (versionando la maravillosa Zombie de Romero), Las colinas tienen ojos, de Aja (que incluso superaba la firmada por Craven), o el personalísimo y acongojante Hallloween de Rob Zombie (curiosamente mirando de nuevo a Carpenter) podía ocurrir que la nueva película abriera un vía nueva en una historia ya conocida pero desde nuevos puntos de vista, algo que siempre podía resultar enriquecedor. Todo podía pasar.

Y el resultado final es lo que se ha llamado precuela de una película que se ha hecho con la voluntad de pasar un buen rato, plagada de unos efectos especiales fabulosos, muy en la línea digital actual, y con un ritmo que agradará sin duda mucho más a ciertos espectadores, ávidos de que ocurran muchas cosas y muy espectaculares. Ha ocurrido que se desarrolla una historia idéntica sin caer en el aburrimiento y sin dejar respirar al espectador. Lo que ha acabado pasando es que se ha creado una gran película de acción, aventura y terror de consumo fácil y que divierte, inquieta y seduce a partes iguales. Todo ello a costa de algo, del elemento más significativo de la película original, la paranoia de los personajes.

En la película de Carpenter daba miedo el ser, el monstruo, sí. Pero hoy día ese bichejo ha quedado obsoleto visualmente hablando y sin embargo la película ha resistido igual el paso del tiempo. Y lo ha hecho porque lo que en ella se narró no hablaba solo de un monstruo del espacio exterior, sino del monstruo que todos llevamos dentro, el que de verdad daba miedo en la película, pero en una suerte de metáfora a la inversa que te ponía los pelos de punta. Escenas como la de los análisis de sangre, los debates entre los personajes dando sus razones para llevar a a la confianza del grupo, o la secuencia final –TREMEBUNDA- llena de ironía y de unos matices y una desesperación de carácter casi trágico dejan paso ahora a un espectáculo visual mucho más competente en ese sentido pero que está vacío de contenido. Y eso no tiene porque ser malo, ya que una de las funciones del cine es divertir. Pero desde luego cuando se revisa una obra maestra como es The Thing, y se hace, además, desde la nostalgia, no es para nada plato de buen gusto.

Diría entonces que la nueva The Thing no es una película interesante? Depende de la mirada y de lo que esperes de ella. Si quieres verla como un entretenimiento puro y duro te entretendrá y pasarás un buen –o mal, como se mire- rato viéndola. Saltarás de butaca, sudarás con los personajes y se te helará el corazón en muchas de sus escenas. Con esa mirada la película no solo es recomendable, sino de visionado obligado. Ahora bien, si lo que se espera es algo parecido a la antigua The Thing la cosa cambia, y mucho. Si tu idea es volver a ver a Carpenter y disfrutar de otro tipo de sufrimiento, no la recomendaría.

Ya hablé en algún post anterior de la maldita nostalgia. Y de ahí que no quiera repetirme, pero es evidente que debemos olvidarnos de ella si vamos a revisar un remake como éste, o como la mayoría de los últimos que se han producido. Si esperamos ver la misma película nos estamos equivocando, así que la condición es dejarse llevar, olvidarse de los años dorados y disfrutar con el nuevo producto. Así, sí vale la pena la nueva The Thing, y mucho más que muchos remakes actuales.

Pero claro, para ello hay que olvidarse de John Carpenter

Sumidos en un momento histórico complejo, ruin y a veces perverso, en el que las segundas oportunidades son escasas y la hostilidad del día a día se lleva la esperanza con los pies por delante, el cine puede armarse de significado y resultar un enunciado de caràcter puramente informativo (caso de lecturas como la de Inside Job), crítico (la propia Inside Job en su poderosa doble vertiente o las películas de realizadores como Ken Loach) o catártico, como en el caso que nos ocupa.

Another Earth es una película nacida con la voluntad de contar una historia sencilla vehiculada por un acontecimiento fantástico, un leitmotiv puramente metafórico que al final resulta ser determinante para poder comprender la intención de su creador: el de disfrutar de esas mencionadas segundas oportunidades. Y Hablamos de catarsis porque con su visionado volvemos a creer que es posiblehacer las paces con uno mismo y con tus errores por muy graves que estos sean. También es catàrtica porque es esperanzadora ya que nos muestra la otra cara posible de una realidad, la nuestra, como una suerte de cara oculta de la luna que en este caso esconde la posibilidad de reconstruir lo destruido por nuestras acciones.

El desencadenante de los acontecimientos que se narran en Another Earth es un accidente de coche y la muerte de un personaje, una muerte injusta provocada por la inconsciencia de la juventud. Y es una injusticia que es bidireccional: un personaje muere trágicamente y el otro, la protagonista –una más que excelente Brit Marlingen el papel de Rhoda– deberá vivir con una pesada mochila a sus espaldas. Merecida o immerecidamente –la película no transita por los caminos de los juicios morales- la vida de Rhoda queda condicionada hasta que decide tratar de equilibrar su estado de las cosas con la ayuda inesperada de un elemento puramente azaroso y casi mágico que actuará de un modo práctico en lo narrativo y de modo simbólico en una lectura más profunda, ya como espectadores. Es esa otra Tierra que aparece, en la que se dibuja la esperanza, en la que todos podrían encontrar una respuesta frente a lo que resulta incomprensible e injusto. Una Tierra que descubrirá el reflejo de lo que podría haber sido y no fue, el espejo en el que todos nos gustaría vernos reflejados. Que promete lo que por desgracia la realidad no puede prometernos y que puede acabar de golpe con la culpa, la peor carga que puede soportar un ser humano.

Another Earth es una película independiente, y lo es de verdad. Sin conocer los números que avalaron su producción podemos intuir que no es una película cara para las cifras que se barajan en el cine estadounidense, incluso en el de menor presupuesto. Sin embargo, la envergadura de la película es enorme por lo que trata y por cómo lo trata. No es pedante -y podría resultarlo- porque no naufraga en lo simbólico. Es creíble y verosímil cuando podría convertirse en una auténtica fantasía y no cae en los tópicos pese a contar todo lo dicho y aderezarlo además con una historia de amor tormentosa, un recorrido que mal llevado sería terreno abonado para el tópico más irritante. Por todo ello hablamos de una pieza cuyo realizador, Mike Cahill, probablemente ha podido controlar hasta moldearla con éxito y para contar única y exclusivamente lo que ha querido, ni más ni menos. Su estética casual de cámara al hombro en la mayor parte del metraje concede a todo el conjunto un aspecto desaliñado que te concentra todavía más en lo que se está contando y que remarcan aún más los instantes más mágicos de la cinta, con la “otra Tierra” enmarcada en la profundidad de plano.

Con unas interpretaciones magistrales por contenidas y sinceras, Another Earth levanta el vuelo desde la primera secuencia hasta la última con competencia y en un in crescendo marcado por lo que se narra y no tanto por el cómo, algo que no es tan habitual como debería. Su poesía radica en la sencillez de lo que propone para explicar algo que de sencillo no tiene nada, una historia de caídas y redenciones , y lo hace desnuda de artificio y contando solo con los elementos básicos de toda buena película: una buena historia, unas buenas interpretaciones y el talento de un director de orquestra que fusiona ambas cosas de forma competente. Una película, en definitiva, en la que el buen gusto campa a sus anchas. Imprescindible.

Los minutos iniciales de la película de Maíllo, Eva, son tan prometedores que piensas que estás ante una de esas cintas de sci-fi tan buenas, las que logran trascender el tiempo. Una de esas que se pueden convertir en un clásico y que incluso superan la tiranía de las estéticas. No un Blade Runner -eso será siempre altamente improbable- pero sí, por qué no, una Gattacca o un Code-46. Salvando siempre las distancias, claro.

En una primera parte alejada de las pretensiones que suelen acompañar a este género, Eva se mueve en un territorio en el que fácilmente se puede caer en el ridículo, pero lo hace con éxito: el espectador asiste a una de las mejores sesiones de cine fantástico y de ciencia ficción de calidad que ha dado el cine de este país en toda su historia. Un magistral Lluis Homar dando vida -de forma irónicamente paradójica- a un humano creado artificialmente, arrasa en las escenas en las que aparece junto a Daniel Brühl (que está más que correcto en su papel protagonista) y solo le hace sombra la niña protagonista , una Claudia Vega fabulosa y un gato robótico que a pesar de estar creado digitalmente sostiene unos auténticos tour de force interpretativos con su homólogo humanoide-Homar. Hasta aquí todo bien.

El problema se presenta en la aparente subtrama -la relación entre Brülh, Etura i Ammann- que acaba siendo trama con mayúsculas y no está a la altura de las expectativas creadas inicialmente. Y no es que no sean interesantes los dibujos que se hace de los protagonistas o las relaciones que se dan entre ellos… Simplemente están por debajo de una propuesta que parecía llevar una dirección menos melodramática -y sobre todo menos pretenciosa, atención a la arte final del film y su innecesario epílogo- y que apostaba fuerte por dejarse llevar por el género sin caer en los lugares comunes de siempre.

Eva gusta, y gusta porque es valiente. Tiene una producción detrás de “grande” y si con ella se querían demostrar una serie de cosas -como la falta de pudor de un nuevo cine español o la capacidad y talento de los nuevos realizadores de este país- llega a buen puerto, pero en lo narrativo y sustancial -su historia- por desgracia se pierde a medio camino. Aún así creo que debe verse: seguro que es un antes y un después a muchos niveles.

Después de ver Super 8 uno tiene la sensación de que ya ha hecho los deberes cinematográficos del verano, y eso funciona para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno porque esa idea confiere al hecho cinematográfico una importancia muy poco acorde con la época que vivimos – el cine lo disfrutamos en gran medida en casa-; y para lo malo por todo lo que se le presupone a priori a la película y que después puede volverse contra ella.

Con Super 8 se han conseguido varias cosas interesantes. En primer lugar que la gente tenga ganas de ir a una sala de cine para ver un producto que podría consumir, sin duda  hoy día, en casa y de forma gratuita. En segundo lugar, que vuelva el “cine de nombres” (algunos dirían de autor, pero ese término parece demasiado sagrado para concedérselo a cineastas comerciales como Spielberg, que sin duda lo merecería) que por sí solos levantan una determinada expectativa. En tercer lugar ha prometido meter a los espectadores en un Delorean que los llevará de nuevo a los 80 para volver a padalear las mieles del mejor cine Blockbuster: aquel que conjugaba, supuestamente, calidad con diversión y que se dirigía a todos los públicos. Y finalmente ha logrado  resucitar la idea de que el cine puede volver a ser mítico en su liturgia y en su consumo, y que esa mitificación puede conseguirse siempre en el visionado colectivo,  siempre en una sala y a ser posible  en un entorno grupal, casi de pandilla,  que haga participar activamente a los espectadores desde la nostalgia. ¿O es que hay alguien que piensa que es mejor ver Super 8 en el plasma de 42 de casa, solo y bajada de internet que ir a verla al cine con los amiguetes de tu generación?

Todo esto hace de Super 8 una película, a priori, muy particular.  Promete mucho pero no ya desde el inicio del metraje, sino desde la promoción misma de la película. Consigue meterse a un público muy fiel a su memoria cinematográfica en el bolsillo y ese mismo público seducido de antemano, ya adulto y probablemente con familia y amigos a sus espaldas, atraerá a un nuevo público, más joven, empujado por el entusiasmo de experimentar lo que una vez les hizo felices e hizo felices a tantas personas.  La nostalgia es, pues, una de las grandes bazas de esta película, pero también su gran peligro.

Y es que la nostalgia provoca expectativas difíciles de superar. Y se ha vendido que Super 8 es la recuperación de un cine ya extinguido, algo que puede quedar en la nada si no se tiene en cuenta precisamente que el cine de los 80 ya no existe ni como cine ni como época.  Que los mecanismos que mueven el lenguaje cinematográfico actuales han cambiado y también el espectador y sus necesidades, y el cortocircuito que puede provocar ver una determinada intención “a la antigua” con otra absolutamente moderna (con más prisas, quizá más efectista, empresarial  y menos sincera) puede ser fatal. Y viendo Super 8 eso puede suceder.

 

Puede suceder que en el momento álgido de la película ésta falle y se deje llevar por cuestiones que un cine, realizado por un determinado tipo de cineasta y en otra época no hubiese permitido. Puede suceder que ciertos aspectos muy buen cuidados durante la primera hora de la cinta dejen de estarlo de golpe y porrazo por cuestiones lejanas al concepto de autoría, e incluso  puede suceder que cuando la película termine te quede la sensación de que algo no cuadra, que hay algo de lo que has visto no acaba de funcionar como debería.

En Super 8 puede pasar que lo más interesante, la relación pandillesca y el análisis de personajes infantiles vividas en cintas como Stand by me o The outsiders a mitad de metraje se deje de lado y deje paso a otras cuestiones, más frías y menos emocionales, o más acorde con los ritmos de los nuevos espectadores. También puede pasar que eso, ese factor nostálgico que era el verdaderamente buscado por un determinado tipo de público, se quede a mitad de camino, y por lo tanto puede ser que eso le provoque una decepción notable.  Y entonces puede ser que no consiga ni superar la comparación con una cinta que seguro no es  superior a la película de Abrahams, The Goonies, pero que sale vencedora simplemente porque esa película ese mismo espectador la vio cuando tenía 12 años. Vencen los Goonies por la misma nostalgia que construía –y supuestamente llevaría al triunfo- a Super 8

También puede suceder que el misterio prometido en el desarrollo de la historia no sea tan interesante ni que su resolución produzca tanto placer como la que producían  las películas en las que Super 8 claramente se basa. Puede ser que no queden claras algunas cuestiones que envuelven ese mismo misterio y que eso aleje un poco al espectador de lo que ha visto, algo que no sucedía en las cintas de las que ésta se nutre. O al menos, la nostalgia que te ha llevado al cine te puede hacer creer eso: que todo lo que ves que no acaba de resolverse sí se resolvía en el cine ochentero que tanto gusta al espectador de esta película. Y puede que tampoco sea cierto. Es posible. Es el problema que tiene el recuerdo.

También puede pasar, salvado el factor nostálgico,  que en esta película te encuentres un nivel técnico difícilmente superable, unas interpretaciones magistrales e incluso unos personajes entrañables que te acerquen a ese paraíso cinematográfico perdido aún sin buscarlo. Porque en tu historia de amor con el cine has visto esas películas y forman parte de tu pasión… pero también eso puede que se rompa por la narración de una historia de corta y pega de tantas y tantas historias vistas y ya disfrutadas  y que además se resuelve de una forma cuanto menos precipitada. Y que esto ya no sea algo excusable si se tiene en cuenta la cantidad de tiempo y de dinero que hay detrás de una producción de este tipo. O sí, si se ve desde el prisma de cine como negocio y no como “experiencia”, tal y como se ha vendido esta película. Y entonces lo que había conseguido la película en un primer tramo podría diluirse y llegaría la decepción. Y se produciría la desconexión y desaparecería la empatía con los personajes. Tanto en los espectadores nostálgicos como en los que tratan de desvincularse de su memoria y solo buscan el goce del cine-espectáculo y de calidad.  Podría pasar eso.

 

O no. También puede pasar que el espectador de Super 8 se deje de monsergas y disfrute de lo que está viendo sin preocuparse de comparaciones y del cine y de la experiencia de ir al cine, de reír, de asustarse, de emocionarse… Eso también puede pasar. Porque elementos para hacerlo la película  los tiene. Pero la sensación es que es un producto muy bien pensado y comercializado para ser algo que no es, un nuevo mito cinematográfico para unos y para otros, para jóvenes, no tan jóvenes y adultos. Y no lo es sobre todo porque deja de lado algo que los maestros que fueron la base  para que esta película existiera nunca hubiesen dejado de lado: el amor por el cine. O al menos por un determinado tipo de cine, el que curiosamente ha vendido esta película. Y no es que Abrahams no ame el cine, es que lo ama de un modo diferente al que lo amaban sus maestros en la época que su película refleja. De una forma más cercana al mejor momento de la película, que se encuentra en los créditos finales de la cinta. Ahí está el espíritu de los 80, la ingenuidad, el amor por el cine… que solo puede arriesgarse a volver cuando la mitad de la sala ha abandonado su asiento. Pero que al menos esté ahí es mérito de su director y con ello la esperanza de que en un futuro se obsesione más por ser coherente consigo mismo y no con un elemento nostálgico escurridizo e inalcanzable.


 

“Vols parlar del núvols oi? Del cel, de la terra, de tot el que t’envolta… Vols que parlem del teu avorriment…”

Un calfred em va travessar l’espinada. Havia pensat més d’un cop durant el viatge d’aquell dia quina seria la perspectiva de la realitat d’algú com l’Àngel, que duia tancat 25 anys de la seva existència. De fet, ho havia pensat mentre mirava el cel i els núvols, tot recorrent el camí que duia fins les cent una “corbes del dolor”.

– Tu vols que parlem?- Vaig voler ser educat cedint-li la possibilitat d’engegar-me, buscant transmetre una certa humilitat per trobar-me a una casa que no era la meva, que era la seva. –Si et ve de gust a mi m’encantaria. Per això he vingut-.

– Ho imagino. Però no entenc l’interés… què pot tenir un pobre diable com jo que dir-li a algú tan (des)ocupat com tu?

Havia dit ocupat o desocupat?

– De què vols parlar?- va insistir…

Vaig empassar una bossa de saliva que s’avia anat acumulant a la meva gola. Estava nerviós, però ho atribuïa no tant a les paraules de l’Àngel, sinó més aviat a l’excitació de trobar-me davant algú tan interessant…

Jajaja. No saps de què vols parlar oi? De fet sempre passa el mateix. Veniu aquí i us assenteu al meu davant, buscant respostes… que jo no us en dono mai. La majoria triguen menys de dues hores minuts a marxar, perquè no els concedeixo el que busquen. Però de tant en tant.. de tant en tant algú decideix quedar-se aquí amb mi una mica més de temps, el suficient com per a coneixem realment bé… Seràs d’aquests, tu?

Seràs d’aquests?

Ho sóc?

La sensació d’asfíxia que vaig sentir aleshores fou terrible. Estava atemorit davant els ulls d’aquell home petit i calb que em mirava amb ulls negres de tauró, inexpressius però alhora desperts i francament humans.. I malgrat la seva presència no semblava que hagués de tenir por, però d’alguna forma en tenia.

– Val, doncs diguem tu de què estàs disposat a parlar?

Va rumiar un moment abans de contestar.

– Si tu veiessis amb els meus ulls, entendries perquè sóc aquí. De veritat que sí. I m’agradaria que hi veiessis tot, amb els meus ulls…

Vaig contestar-li dos segons més tard, embolicat d’emoció.

– Sí, a mi també m’agradaria, però això no és possible. Per què no fem alguna cosa més pràctica i…

No em va deixar acabar la frase.

– Per què no és possible? Em penso que hi ha una manera…- va replicar.

– Doncs explica’m com i estaré encantat, de veure-hi amb els teus ulls…

L’Àngel em va mirar d’adalt a abaix. M’estava com enregistrant. Semblava que volés mirar més enllà de la meva fisonomia, del meu físic, per a tocar el meu interior i assaborir-lo per fer-se amb ell però sense fer-me mal, sense violència… Semblava que em volés comprendre, que tractés d’entendre qui era jo i què feia allà. I ni jo mateix ho sabia. Estava allà per avorriment? Per a acabar un reportatge que m’havia interessat durant molts mesos, quan treballava, i abans que la meva vida es convertís en una absoluta monotonia? Ni jo mateix sabia la resposta. Però era allà. I semblava que tota la meva vida hagués estat esperant aquell moment, aquell viatge, aquelles cent una corbes… Aquella cara de l’Àngel mirant amb els seus ull negres…

– Deixa’m fer a mi, no et preocupis- va dir.

I va començar a parlar.

“Deixa’m que t’expliqui com és el cel. El cel és un cúmul de agulles d’aigua blaves i fredes que s’acumulen i ens transmeten que estem embolicats en una esfera preciosa que ens protegeix de tot i tothom. Però no és ferm: és un bombolla que envolta d’altres bombolles que s’encaren les unes davant les altres formant rengleres de petits cels que s’amaguen cercant un lloc darrera els astres humits que no podem arribar a contemplar”.

“I els núvols?” Vaig preguntar.

“Els núvols, són insectes. Insectes negres que s’ajunten i representen formes que en realitat no tenen més forma que la que s’imaginen els mateixos insectes, fruit de la por a construir-se per pur atzar. No deixis mai que un núvol s’apropi massa al teu voltant, o els insectes que hi ha a dins aconseguiran que formis part de la seva colònia. Això, és clar, si no vols ser part de la seva colònia… Jo vaig voler ser-ho, fa temps. Però ara ja no”

L’Àngel s’alçava, a cada paraula, a una distància cada cop més elevada de la meva. No sabia quin era exactament el propòsit de tot allò que em deia, però jo no deixava de prendre notes frenèticament, absorbit per les seves paraules. Volia saber com pensava, apropar-me a la seva manera de veure el món, amb els seus ulls.

Fins que tot va desaparèixer. I vaig veure amb els seus ulls.

 

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